Artículo completo sobre Lamego: escaleras de piedra hacia el cielo del Douro
Almacave y Sé custodian la catedral que precedió al Reino de Portugal
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Los 686 escalones empiezan en silencio. El granito de la escalinata del Santuario de Nossa Senhora dos Remédios conserva el frío de la madrugada, aun cuando el sol de septiembre ya calienta las copas de los plátanos que flanquean la subida. Más lejos, la campana de la Sé marca las horas con una resonancia grave que se extiende por el valle y se pierde entre los tejados del casco histórico. Lamego despierta así: de abajo arriba, del río a la sierra, de los pies a la fe.
Almacave y Sé es el núcleo administrativo y espiritual de la ciudad, repartido en casi veinte kilómetros cuadrados a 490 metros de altitud, donde viven 12 071 personas (INE 2021). Aquí la densidad se nota en las calles estrechas del casco antiguo: fachadas de sillería ennegrecida por el tiempo, balcones de forja con ropa tendida, el olor a café recién tostado que se escapa por las puertas entreabiertas al amanecer. No es una ciudad que se mire desde fuera: se recorre con las suelas golpeando la calzada.
La catedral que precedió al reino
Antes de que Portugal fuera nación, Lamego ya era diócesis. La Sé, fundada en el siglo XII sobre cimientos románicos, se alza con la solidez de quien acarrea casi mil años de liturgia y reconstrucción. Los muros exteriores guardan la severidad del románico — sillares de granito cortados con precisión, aspilleras que filtran una luz tímida —, pero el barroco se coló siglos después, doró retablos, curvó arcos, añadió una exuberancia teatral que contrasta con la austeridad original. Entrar en la Sé es atravesar capas de tiempo apiladas: la penumbra fresca de la nave central, el crujido del tablón de roble bajo los pies, el destello intermitente del oro a la luz de las velas.
Fue en esta ciudad donde, según la tradición, se celebraron Cortes en 1139 y se proclamó rey a Afonso Henriques — uno de los primeros actos políticos de un país que aún no tenía capital fija. La memoria de aquel momento flota sobre Lamego como un orgullo discreto, grabado más en la toponimia y en la postura de sus vecinos que en grandes monumentos conmemorativos.
Seiscientos ochenta y seis peldaños de promesa
La escalinata del Santuario de Nossa Senhora dos Remédios es, en sí, una narrativa vertical. Construida entre 1750 y 1905, asciende la ladera en tramos ornamentados con fuentes, obeliscos y azulejos, uno de los ejemplos más notables del barroco norteño. En septiembre, durante la Romaria de Nossa Senhora dos Remédios —una de las mayores romerías del país—, miles de peregrinos suben esos peldaños, muchos de rodillas, en un acto de devoción que convierte la piedra en altar. El aire se llena de cera derretida, oraciones murmuradas, el arrastre pausado de cuerpos sobre el granito. Por la noche, la feria tradicional ocupa las calles con el humo de las brasas y el sonido metálico de las casetas de comida y bebida, mientras conciertos retumban por el valle.
Fuera de fiestas, la subida es un ejercicio de contemplación. En cada descansillo, la ciudad se descubre un poco más: primero los tejados de teja árabe, luego las torres de las iglesias, al final la línea ondulante de las sierras que enmarcan el Alto Douro Vinhateiro, Patrimonio de la Humanidad.
Mesa beirã con vino del Douro
La gastronomía de esta parroquia cruza la tradición beirã con la influencia duriense. El cabrito asado al horno llega a la mesa con la piel crujiente y la carne tierna, impregnado de ajo y laurel. El arroz de sarrabulho, oscuro e intenso, y las morcillas de arroz —con ese punto ahumado que delata horas de curación— son platos de invierno que calientan desde dentro. En los postres, la herencia conventual se manifiesta en los papos de anjo y el toucinho-do-céu, de una dulzura densa, casi pesada, que pide un copa de oporto para equilibrar el paladar. Y el vino siempre está: la región forma parte de la demarcación de Oporto y Douro, y es rara la mesa donde la botella no forma parte de la conversación.
Piedras romanas, caminos de Santiago
Bajo los pies de los lamecenses, la historia se acumula en capas inesperadas. En la antigua casa cuartel de los bomberos, unas obras de rehabilitación sacaron a la luz estructuras romanas —vestigios de una ocupación que precede en siglos a la reconquista cristiana de Fernando Magno, en 1057. La iglesia de Almacave, de raíz medieval, los pelourinhos y las casas señoriales del centro completan un conjunto patrimonial con trece monumentos catalogados, entre ellos tres Bienes de Interés Nacional y ocho Inmuebles de Interés Público.
Lamego es también punto de paso para peregrinos. El Caminho Interior, la Via Lusitana y el Camino de Torres atraviesan la ciudad rumbo a Santiago de Compostela. Cruzarse con un peregrino de mochila a la espalda y vieira al cuello, consultando el móvil en una esquina del casco histórico, es una imagen cotidiana que une esta ciudad medieval a las rutas europeas de peregrinación.
Viñas en bancales vistos desde arriba
El paisaje se disuelve en terrazas de viña que bajan hasta el Douro. Los bancales de pizarra, construidos a mano durante generaciones, dibujan líneas horizontales en la ladera como páginas de un libro abierto. Sendas como el Trilho do Vinho do Porto permiten caminar entre cepas y muros de piedra seca, con el calor de la roca irradiando bajo los pies incluso al caer la tarde. El silencio aquí es distinto: está habitado por el zumbido de insectos, el crujido de una cepa al viento, el rumor lejano de un tractor en el valle.
Lamego no se despide — se queda. Se queda en el peso de las rodillas tras los 686 escalones, en el sabor metálico del sarrabulho en la lengua, en el eco grave de la campana de la Sé que aún resuena en la memoria mucho después de haber bajado la última calle empedrada y dejado atrás el granito ennegrecido de la ciudad que nació antes que el país.