Artículo completo sobre Penude: silencio de Montemuro entre crestas graníticas
Pueblo a 747 m donde resuenan campanas de trashumancia y romería septembrina
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El silencio llega primero. No el vacío de las ciudades dormidas, sino un silencio denso, cargado de monte, que se desplaza por la sierra de Montemuro y se queda a vivir. Un silbido lejano entre tojos, el cascabel de una vaca que suena abajo en el valle. En Penude, a 747 metros, la luz de la mañana abre lentamente el bochorno, dibujando casas de granito y pizarra repartidas en laderas. El aire es frío y húmedo, huele a tierra removida y a humo de leña que se escapa por chimeneas bajas.
En la loma de la montaña
El nombre —Penude, del latín penna— remite a la forma puntiaguda del terreno, crestas graníticas que rozan los ochocientos metros. La parroquia nació por desgajamiento de Almacave antes de 1528, año en que ya figura en los fueros manuelinos. Los caminos obligan a serpentear entre vegas y chanas donde aún se siembra centeno y altramuz en seco. Arriba, los pastos naturales del Planalto de Penude acogen vacas y cabras que suben en mayo y bajan en octubre. Era la trashumancia, viva hasta los años 80, cuando el cierre de las majadas comunales dificultó el ascenso al altiplano.
Hoy, sus 1406 vecinos (INE 2021) mantienen esa trenza con el territorio. Las casas se acomodan al desnivel, se levantan en bancales de piedra en seco, los tejados de pizarra oscura absorben el escaso calor del invierno. En los muros, el musgo crece verde negro por las juntas donde la argamasa ya no aguanta. Aún se hace carbón vegetal en los robledales de las laderas húmedas, a pesar de la vigilancia ambiental.
Romería y fe en lo alto
La devoción a la Virgen de los Remedios marca el calendario. La romería se celebra el segundo domingo de septiembre, fecha fijada tras la construcción de la ermita en 1947. Antes, la procesión subía al Planalto, donde había una pequeña capilla que acogía a los promeseros. Durante la romería, las voces suben en letanía por la ladera, los estandartes tiemblan al viento y la comitiva dibuja sobre la tierra apisonada un rastro de pétalos. Es una fe heredada, enraizada en las aldeas de la sierra, que se manifiesta en novenas susurradas y en exvotos colgados a la penumbra de la iglesia parroquial. Aquí lo sagrado no es espectáculo: es gesto repetido, promesa cumplida, silencio compartido. La ermita, levantada donde antes existía un cruceiro de piedra, recibe peregrinos de São João da Madeira y Vila Nova de Gaia que cumplen promesas de familias emigradas.
Senderos que atraviesan el tiempo
Penude es paso del Camino Portugués de Santiago por la variante interior que une Lamego con Castro Daire. Los peregrinos ganan altura por la carretera municipal EM534-1, descansan junto a la fuente de Venda Nova, donde brota agua fría entre piedras cubiertas de helecho, miran atrás y ven el valle del Duero extendido lejos. El paisaje cambia con la luz: al mediodía, la carqueja brilla amarilla; al atardecer, los tojos y la retama se vuelven bronce quemado.
Los veredos de trashumancia aún cruzan la maleza: sendas estrechas donde aflora el granito y obliga a desviarse. La más conocida es el «Caminho do Porto», que baja hasta el río Bestança, usada siglos por los arrieros que llevaban carbón al Entre-Douro-e-Minho. Caminar aquí es notar el peso de la altitud en los pulmones, oír el corazón más fuerte, parar para recuperar el aliento y descubrir que el único sonido es el viento.
Respirar despacio
No hay prisa en Penude. Las experiencias son simples: recorrer el camino paralelo que une Venda Nova con Casas de Folhadela, observar los hórreos de pizarra que aún guardan el centeno de las familias, sentarse en la vega de la Cerdeira al sol y dejar que el cuerpo se caliente. La sierra impone ritmo lento, la mirada atenta a las texturas: el granito gris cuarteado por la helada, la pizarra negra de los muros, la madera oscura de las puertas.
Al caer la tarde, cuando el frío aprieta de nuevo, queda el humo de las chimeneas subiendo recto hasta disolverse en el cielo limpio. Y el eco de la campana de la iglesia matriz, fundada en 1567 y reconstruida tras el terremoto de 1755, marcando horas que aquí se miden por los ciclos de la sierra y no por las agujas del reloj.