Artículo completo sobre Várzea de Abrunhais: vendimia y piedra viva
Pueblo de Lamego donde la uva se pisa a pie y las casas huelen a leña
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El granito de las casas aún palpita cuando el sol se retira, y el viento que baja del contrafuerte trae el olor a tierra removida, mezclado con el heno seco que se amontona en los muros. Várzea de Abrunhais no está a 492 metros — está en el surco de las manos que podan, en la rodilla dolorida de quien baja la viña con la jarra de agua en la cabeza. Los bancales no son «escalones perfectos»: son muros de pizarra encajados unos en otros, levantados durante noches enteras a la luz de la luna, con piedras tan grandes que solo se mueven con la fuerza de dos hombres y un burro viejo.
Entre el camino y la viña
Los peregrinos pasan, sí, pero rara vez se detienen. Cuando lo hacen, es para pedir agua en la casa de la Encarnación, donde la mujer de José Manel aún trae el vaso de barro lleno hasta la verja. Los cuatro alojamientos son casas de familia que sobraron: la de la tía Albertina, donde se dormía bajo colchas de lana; la del tío Anselmo, que tenía el caballo dentro de la cocina en invierno. Ahora tienen nombres de postal —Casa do Vale, Quinta do Pinheiro—, pero siguen oliendo a humo de leña y aceite quemado.
La vendimia empieza siempre el 15 de septiembre, llueva o haga sol. No hay contratos ni horarios: aparece quien puede, trae a la mujer, a los hijos, al yerno. Al final del día, las cestas de mimbre pesan más que el cuerpo, y las manos se vuelven negras de tanino. El mosto se lleva en cubos de aluminio al lagar de Lopes, donde aún se pisa a pie, con los chicos en calzoncillos y la música del móvil apoyada en la tina.
La romería que marca el año
La Fiesta de Nuestra Señora de los Remedios es el 8 de septiembre, no hay discusión. Quien se fue regresa: los hijos de Oporto, la nieta de Francia, el sobrino que acabó en Boston. La misa es a las once, pero la iglesia se queda pequeña — hay gente en la calle, de pie, con la taza de café en la mano. Tras la procesión, se sirve sopa de nabo con costilla y vino tinto de la casa del señor Ramalho. Las mesas son tablas de pino sobre caballetes, y quien no lleva su cuchara come con la que hay, aunque sea de plástico.
Aún se hace el cortejo con la banda de Tarouquela, que toca marchas del tiempo de Salazar. Los chicos del pueblo ya no saben tocar, pero aún quedan dos viejos en el bombo y uno en la trompeta. La marcha lenta suena coja, pero nadie repara: están demasiado ocupados viendo quién llega, quién trae a quién, quién está más gordo, quién más calvo.
El peso de la piedra y el silencio
A las siete de la tarde, el silencio es tan denso que se corta con cuchillo. Se oye el grillo, el reloj de pared de la casa de al lado, el chasquido de la puerta del horno cuando Emilia va a buscar el pan. El perro de Basílio ladra siempre en el mismo sitio: es su propia sombra la que lo confunde. Las calles no tienen nombres, tienen dueños: la calle de arriba es del señor Agostinho, la de la iglesia es de doña Aureliana, que ya no sale de casa pero aún así sabe quién pasa.
Las casas no están «restauradas para turistas»: se arreglan con lo que hay. Una puerta por aquí, una ventana por allá, todo encajado como un puzzle familiar. La gotera que cae en el mismo sitio desde hace treinta años ya forma parte de la casa: si un día se seca, es señal de que alguien ha muerto.
Queda el olor: la leña de roble que se enciende a las cinco, el humo que baja por la chimenea y se pega a la ropa tendida. Queda el sonido de la campana de la misa de gallo, que se oye a tres kilómetros y recuerda que, por mucho que el mundo se vaya al traste, aquí aún hay quien tira de la campana.