Artículo completo sobre Cabaços: la alma del Duero entre viñedos y silencio
A 639 metros, este pueblo de 220 almas guarda chanfana, fado y memoria en cada bancal
Ocultar artículo Leer artículo completo
El sol del mediodía golpea las laderas donde las viñas se aferran en bancales, dibujando sombras cortas sobre la tierra roja de pizarra. Cabaços se alza a 639 metros de altitud, entre el valle del Varosa al este y la sierra de Leiranco al oeste. Aquí, 220 personas mantienen vivo el pulso de una parroquia donde la Rua do Calvário aún sabe el nombre de quien pasea.
El territorio y sus ritmos
Con 11,38 km², Cabaços se dibuja en un paisaje donde la vid ocupa el 42% de la superficie. Es tierra de la Región Demarcada del Duero, con pendientes que alcanzan el 35% en las laderas de la Quinta do Repilado. La densidad de población —19,3 habitantes por km²— se traduce en una geografía donde la Casa do Carvalho dista 2,3 km de la iglesia parroquial de Santo André.
Los números cuentan lo que los rostros confirman: de los 220 residentes, 84 tienen más de 65 años; 13, menos de diez. El último nacimiento fue Matilde, en enero de 2023, hija de Ana Paula Martins y João Rodrigues, que regresaron desde Francia a la casa de sus padres en la Rua da Igreja. La escuela cerró en 2009; hoy, los niños cogen el autobús a las 7.15 h rumbo a Moimenta da Beira.
San Juan y la memoria colectiva
El 24 de junio, a las 9.30 h, el coro de Cabaços —siete voces, la más joven tiene 58 años— entona «Ó Que Linda Bandeira» en la explanada de la iglesia. La procesión baja la Rua de Santo António, pasa por la ultramarinos de Zé Mário —abierta desde 1976— y sube hasta el cruceiro de 1892 donde se bendicen los campos.
A las 13.00 h, en el atrio del Jardín Municipal, se sirve chanfana de cabrito para 450 personas. La receta es de Guida Ferreira, de 82 años: lleva vino blanco del Varosa, pimentón de Casa Branca y tomillo que crece detrás de la cisterna medieval. Por la noche, el Rancho Folclórico de Moimenta baila la «Virgem da Serra» con los Ferreiras da Covinha, recién llegados de París.
Cuando los cohetes callan a la 1.30 h, regresa el silencio. La farmacia de Cabaços —que regentó la doctora Amélia hasta 1987— sigue cerrada. El café O Parque, donde se tomaba una bica a 20 escudos, lleva cerrado desde 2003. Solo el relojero António Monteiro, de 91 años, enciende la luz del taller en la Rua Direita.
Las viñas siguen trepando las laderas; el muro de pizarra que divide la finca de los hermanos Carvalho —levantado en 1934 tras la filoxera— se calienta al sol de la tarde. En los días más cálidos, el trinar de las cigarras cruza el valle hasta la Quinta do Crasto, donde se producen 8 000 botellas de blanco al año. En los más fríos, la niebla baja de la sierra de Leiranco y envuelve el cruceiro de granito donde se lee: «Aquí yace el cuerpo de António Pires, fallecido el 18 de marzo de 1899».