Artículo completo sobre Castelo: el pueblo donde el silencio se hace grande
Sin castillo ni murallas, esta aldea de Viseu guarda sardinas, chanfana y vistas que no olvidarás
Ocultar artículo Leer artículo completo
El rollo de granito está ahí como quien espera un autobús que nunca llega. Marca 1669, pero podría decir 1969, tal es el desinterés con que el tiempo lo fue puliendo. En Castelo viven 196 personas —87 de ellas con más de 65 años— repartidas en una parroquia que fue municipio hasta 1834. Hagan cuentas: 21 habitantes por km², o lo que es lo mismo, el silencio tiene aquí sitio para estirar las piernas.
El cerro donde olvidaron el castillo
Arriba, donde hoy se alza el santuario, debía haber un castillo. Debía, porque nadie lo vio. Lo que se ve es la paisaje: cinco municipios esparcidos al frente como sábanas en el tendedero. El antiguo nombre, Lobazim, fue cambiado en el siglo XIII por este «Castelo» que no tiene torre ni muralla, solo la vista que hace el restaurante del pueblo parecer más lejos de lo que está.
La fiesta que pone gente
Solo por San Juan la aldea engorda. Se enchina una sardina, se descoracha una botella de espumoso de Terras do Demo (es del municipio de al lado, pero aquí no se hacen guerras por eso) y listo: la plaza se llena de gente que ni sabías que existía. Durante tres días, Castelo recuerda que fue algo más que un nombre en el mapa.
Lo que se come
Vaya al Cais da Vila y pregunte por el cabrito. No está en la carta, pero siempre hay uno que se ha asado antes. La chanfana es otra historia: necesita tres horas y media para hacerse bien, así que llame con antelación. Los embutidos están en el ahumadero de algunas casas: basta seguir el olor a humo y llamar a la puerta. No hay etiquetas ni códigos QR, solo el carnicero diciendo «oiga, don Antonio, se compró un cerdo el otro día…».
Cómo se pierde (y se encuentra) el tiempo
No hay senderos señalizados. Póngase unas buenas botas y suba la ladera por encima de las viñas. Cuando se canse, siéntese en el muro de pizarra que separa el olivar del eucaliptal. Desde ahí, el mirador es donde toca: no tiene placa ni prismáticos, solo el viento que trae el olor a tierra quemada de los vecinos.
Al caer la tarde, suena la campana. No es para nadie en particular, solo para recordar que el día se va y que, en el bar, todavía queda una caña esperando a quien llega.