Artículo completo sobre Pêra Velha, Nacomba e Ariz: vida na Serra de Leomil
En la unión de estas tres aldeas de Moimenta da Beira el tiempo huele a leña y a castaño centenario.
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La bruma matinal se deshace lentamente sobre la sierra de Leomil, dejando al descubierto la masa de robles y castaños que trepan por las laderas. A 820 metros, el aire es denso y frío, incluso en junio, y el silencio solo se rompe con el viento que recorre los valles y cruje las ramas de los pinos. Ésta es la Unión de las parroquias de Pêra Velha, Aldeia de Nacomba y Ariz —tres aldeas que la reforma administrativa de 2013 aglutinó en un solo territorio, pero que aún conservan la memoria de cuando cada una era un núcleo autónomo, inscrito en el antiguo couto* medieval de Leomil.
Tres nombres, un mismo pasado
La toponimía cuenta lo que los pergaminos olvidaron. Pêra Velha evoca perales centenarios que debieron marcar la fisonomía del lugar antes de que la montaña se cerrara en matorral y bosque. Aldeia de Nacomba y Ariz tienen raíces medievales, quizá ligadas a linajes locales o a rasgos del terreno que hoy solo se intuyen. Pero el poblamiento es más remoto: hay vestigios castreños y romanos, señales de que estas alturas siempre ofrecieron refugio y dominio visual sobre el valle. La pertenencia al couto de Leomil condicionó la vida de las aldeas durante siglos, con un régimen de relativa autonomía jurisdiccional que solo la modernidad desmanteló.
couto: territorio medieval con fueros propios
La montaña como oficio
Con 389 habitantes repartidos en casi 3 000 hectáreas, la densidad es baja: 13 personas por kilómetro cuadrado. Los datos del INE de 2021 dibujan un desequilibrio demográfico demoledor: 167 personas superan los 65 años; solo 26 no han cumplido los 15. Quien aquí reside conoce la dureza de la altitud, el frío húmedo que se alarga hasta mayo, la leña que hay que apilar antes del invierno. Las casas se agarran al pizarro y al granito, y los muros de piedra suelta delimitan campos que aún se cultivan, aunque cada vez menos.
San Juan y el calendario del verano
El 24 de junio, la fiesta de San Juan devuelve gente a las aldeas. Hay procesiones que avanzan por caminos de tierra batida, música tradicional que rebota contra las laderas, verbenas montadas en los largos donde el sol rasante de la tarde calienta la piedra. Durante unas horas la población se triplica, regresan los emigrantes y los niños corren entre mesas. Después, el silencio retorna y la montaña recupera su ritmo lento.
Senderos sin señalizar
No hay rutas oficiales, pero los caminos existen: antiguas veredas que enlazan las tres aldeas, atajos que suben hasta los puntos más altos de la sierra. Quien anda aquí lo hace sin mapa, guiado por la intuición y por la memoria del relieve. El paisaje es agreste, dominado por el verde oscuro de los pinos y el gris del pizarro desnudo. En invierno, la niebla puede tragarlo todo durante días.
Al atardecer, cuando el sol se oculta tras las cumbres y el frío aprieta, el humo de las chimeneas sube vertical en el aire inmóvil. Es el único indicio de presencia humana en una vastedad que parece no haber cambiado desde que las primeras familias se asentaron aquí, hace siglos.