Artículo completo sobre Peva y Segões: bruma y chanfana en la Sierra de la Nave
Castaños, retablos dorados y hogueras de San Juan a 790 m en Moimenta da Beira
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La bruma baja por la Sierra de la Nave al caer la tarde y se enrosca entre los soutos de castaños. Aquí, a 790 metros de altitud, el frío húmedo de la mañana cala hasta los huesos y el silencio solo se rompe con el eco lejano de una campana o el batir súbito de un ave de presa. Peva y Segões son dos lugares unidos en el mapa desde 2013, pero cada uno conserva su propio cruceiro de granito, su capilla, su memoria de pastoreo y centeno.
Piedra labrada y retablo dorado
La iglesia parroquial de Peva, levantada en el siglo XVI, se impone en la plaza con la severidad propia de la arquitectura religiosa de la Alta Beira. En su interior, el retablo barroco tallado en madera dorada contrasta con la escasa luz que entra por las angostas ventanas. Cada columna retorcida, cada ángel en vuelo suspendido, parece contener meses de trabajo incansable. Declarada Bien de Interés Público en 1977, esta iglesia es testigo de una fe colectiva que aún hoy se manifiesta en la romería del segundo domingo de mayo, cuando los fieles caminan hasta el cruceiro en honor a la Virgen del Buen Viaje.
Al otro lado de la unión, en Segões, la Capilla de San Sebastián se alza en un terrero rural, ermita del siglo XVIII de paredes encaladas donde el viento azota sin piedad. El cruceiro junto a ella sirvió, hasta 1855, como mojón de frontera entre municipios —una piedra que delimitaba jurisdicciones y, al mismo tiempo, protegía a los viajeros.
Chanfana y hogueras en la noche de San Juan
El 24 de junio, la parroquia despierta con olor a leña y carne guisada. La chanfana de cabrito al estilo de Peva cuece en cazuelas de barro desde la madrugada, mientras los rojões de Segões con castañas se calientan en las brasas. En la plaza de la iglesia, sardinas asadas y caldo verde humeante pasan de mano en mano. Por la noche, las hogueras iluminan rostros envejecidos y algunos pocos jóvenes —33 entre 0 y 14 años, 188 mayores de 65. Los ancianos se retan al canto improvisado, en una tradición oral que remonta a la escuela de canto al desafío de los años 40, cuando Peva aún tenía más vida en sus calles.
Senda entre molinos y hórreos
La ruta peatonal PR5 une Peva con Segões a lo largo de seis kilómetros que atraviesan arroyos de agua helada, molinos de piedra recuperados en Pego y hórreos de pizarra dispersos por los campos. Es un sendero que se disfruta mejor al atardecer, cuando la luz rasante ilumina las encinas y los buitres planean en círculos lentos sobre el valle. La densidad de 17 habitantes por kilómetro cuadrado se traduce en un paisaje donde el verde domina y donde se camina horas sin cruzarse con nadie.
El pan de centeno artesanal, los embutidos ahumados en el fuego, la aguardiente de madroño casera —todo aquí responde al ritmo de las estaciones. Quien prueba la chanfana en la tasca local durante la fiesta de San Juan siente el peso de la altitud y la distancia, pero también el sabor exacto de una tierra que no renuncia a lo suyo. Al fondo, el río Paiva discurre cinco kilómetros al sur, en un valle fluvial profundo donde el eco se pierde. Y cuando la bruma regresa, densa como cuentan que lo estuvo en 1956 durante cinco días seguidos, la parroquia entera queda suspendida —ni visible, ni olvidada.