Artículo completo sobre Espinho: el valle donde el vino nace antes que el sol
Pasea entre viñedos del Dão, iglesias de piedra y hornos que crujen cada sábado
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La luz de la mañana se cuela entre pinos y dibuja sombras alargadas sobre los muros de pizarra. La campana de la iglesia parroquial dobla a lo lejos: nueve campanadas que se pierden en el valle. Son las ocho y media. En Espinho, el tiempo sigue marcando las horas como hace medio siglo.
Entre la sierra y el valle
A 231 metros de altitud, la parroquia se extiende por 4.100 hectáreas donde apenas caben 984 almas. Los caminos de tierra conocen bien los pasos: Pala, donde João guarda cabras; Monte de Lobos, donde nadie ha visto un lobo en décadas. El aire huele a pino quemado después de la poda, a tierra mojada cuando el Águeda crece. El jabalí deja sus huellas en el barro — cuatro marcas finas que la zorra sigue al caer la tarde.
Piedra, talla y devoción
La iglesia de São Miguel guarda el olor a cera vieja y lavanda. El retablo dorado fue restaurado en 1998: «le dieron demasiado oro», dicen los mayores. La capilla de Santo António está a mitad de camino de la escuela, donde doña Rosa enciende velas los sábados antes de ir al mercado en Mortágua. Las casas de piedra se sostienen con orgullo: las vigas agrietadas cuentan cuántos inviernos han pasado, cuántas manos las alzaron cuando el lino valía más que el vino.
Memorias de la tierra
Los molinos del arroyo de Pala están cubiertos de helechos. El último dejó de girar cuando António se marchó a Francia —1973—. Las eras de batir el maíz sirven ahora para aparcar tractores. Pero la viña sigue: Touriga Nacional en las parcelas del Sequeira, Alfrocheiro en las de Zé Manel. El vino del Dão no es negocio aquí: es lo que se bebe en cada comida, lo que se ofrece al vecino, lo que se guarda para el bautizo del nieto.
A la mesa y en el calendario
El horno de la plaza arde todos los sábados. El cabrito entra a las siete de la mañana; sale a las diez, con la piel crujiente y la carne que se deshace. La sopa de nabo se hace con nabos de la huerta y alubias blancas que Amélia guardó el año pasado. En septiembre, São Miguel trae a los emigrantes: los coches con matrícula suiza y francesa llenan la carretera. Hay filhós de calabaza que doña Alice prepara desde que tiene memoria, bizcocho de soletilla que no crece si no se bate a mano durante media hora. La Festa do Emigrante es el segundo sábado de agosto; Zé Augusto viene de París desde 1985 y trae chocolates que ya nadie quiere porque ahora los venden en el supermercado.
Habitar el tiempo ancho
Al amanecer, la niebla se agarra al valle del Águeda. El café de Zé abre a las seis: café solo y pastel de nata, en medio de la nada. Se puede visitar la Quinta da Pellada a probar vinos, pero Zé Manel tiene vino de casa a dos euros la botella. La era abandonada en el Cabeço do León es el mejor sitio para ver la puesta de sol: la pizarra se vuelve color miel, el pinar parece negro contra el cielo.
Cuando la campana dobla a las siete de la tarde, los perros ladran en toda la aldea. Es la señal de que el día se acabó, de que es hora de cenar, de que mañana hay más tarea en la viña. Espinho no necesita nada más.