Artículo completo sobre Canas de Senhorim: tren, viñedos y chanfana
Entre raíles dormidos y viñedos, Canas de Senhorim guarda la historia del vino y la chanfana
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El silbido del tren resuena todavía en la memoria colectiva de Canas de Senhorim, aunque las últimas pipas de vino abandonaran la estación en 1988. El edificio, levantado en 1889, conserva el tono ocre del granito lavado por más de un siglo de lluvias. Entre los raíles del antiguo ramal del Dão y las laderas cubiertas de viñedos, el pueblo guarda un dato que los manuales suelen pasar por alto: fue el primero del país en alumbrar sus calles con gas de hulla, en 1895, gracias a la fábrica que la Compañía de Gas de Canas de Senhorim instaló junto a la vía. Las lámparas se encendían al anochecer y proyectaban sombras danzantes sobre el empedrado mientras los hombres regresaban de los lagares.
El peso del granito y del barro
La iglesia parroquial, reconstruida tras el terremoto de 1858, se alza en el centro con la sobriedad del neoclásico luso, pero en su interior el retablo barroco del siglo XVIII devuelve al visitante el brillo del oro y la talla. A unos pasos, la capilla de Nuestra Señora de la Concección atesora azulejos de 1723, blancos y azules que narran episodios bíblicos en placa de loza fría al tacto. El crucero de granito, fechado en 1758, muestra inscriciones casi borradas por el viento que baja del valle; el crucifixo en alto relieve mantiene los brazos abiertos sobre la plaza, testigo mudo de las procesiones de mayo y agosto.
Canas nunca tuvo un río que llevara su nombre. El topónimo viene de las cañas usadas en la cestería, oficio que ocupó manos y tardes durante siglos antes de que el telar del lino se adueñara de las casas. La carta de D. Manuel I, en 1514, elevó la aldea a villa, pero fue la llegada del ferrocarril en 1890 la que la convirtió en entreposto. El antiguo embarcadero de Canas, junto a la vía, servía de muelle para pipas que partían hacia Pocinho, en el Duero: un corredor líquido de tinto que descendía por los valles en un ir y venir de madera y hierro.
Chanfana, viña y arroyo
La chanfana a la manera de Canas exige paciencia: cabrito o cabra estofado en vino tinto del Dão, cocido en cazuela de barro durante tres horas hasta que la carne se deshace al tacto del tenedor. Se sirve en las tascas los jueves y sábados, acompañada de broa de maíz y del mismo vino que la adobó. El escudillo de cordero de la Serra da Estrela DOP es otra constante en las mesas, al igual que el queso curado y el requesón cremoso de la sierra, vendidos en la ultramarinos centenaria Casa Ferreira, fundada en 1903, donde el olor a embutidos se mezcla al aroma dulzón de los bolillos de maíz y miel. El bolo podre —masa blanda oscura con canela— cierra los ágapes con la dulzura densa de otros tiempos.
El sendero de los Vinateros parte del centro y recorre once kilómetros entre quintas, lagares y miradores que se abren sobre el valle del Dão. La Quinta da Fata, con producción registrada desde 1927, ofrece catas de blanco y tinto de la región demarcada, mientras la ribeira de Canas serpentea entre olivares y viñedos hasta llegar al recreo de la Señora de la Ribera, zona de merendero donde el trinar de los pájaros sustituye al ruido. El paisaje ondula entre los 320 y los 480 metros, protegida desde 2004 como Área de Paisaje Protegido del Valle del Dão.
Procesiones y compás
El primer domingo de mayo, la romería de Nuestra Señora de la Concección llena la villa de voces y verbena. En agosto, la fiesta de la Asunción trae coros folclóricos y fuegos artificiales que iluminan unos segundos el cielo oscuro sobre los tejados de teja roja. El domingo de Pascua, el Compás Pascual recorre las calles con cánticos de puerta en puerta, tradición que resiste al vaciado demográfico: 980 mayores para 374 jóvenes, según el censo de 2021. El Domingo Gordo recuperó la antigua Feria de las Cañas bajo el nombre de Feria del Folar y del Vino, con degustaciones y música en directo que llenan la plaza de voces y copas alzadas.
En la estación restaurada, el núcleo museográfico expone maquetas del ramal del Dão y fotografías sepia de hombres con gorra junto a los vagones. El silencio que hoy ocupa la vía contrasta con el bullicio que José Ferreira da Cunha, médico y diputado nacido aquí en 1880, conocía antes de partir para fundar el primer sanatorio de la región en 1912. Queda el granito de los muros, el sonido lejano de una campana a las seis de la tarde y el sabor persistente del vino que sigue bajando de las laderas, ahora en botellas de vidrio y no en pipas de madera.