Artículo completo sobre Castelo de Penalva: murallas que resisten al olvido
En Penalva do Castelo el vino es del vecino, el queso del paño y el silencio, tuyo
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La campana de la iglesia da tres campanadas — nunca más, que al abuelo-cura le entra dolor de cabeza. El sonido baja el valle, vuelve a subir y despierta a media docena de perros que ladran solo cuando les apetece. La sierra al fondo parece un diente roto; el aire, a esta altura, está tan limpio que las nubes parecen más cerca que la farmacia.
El castillo, en cambio, es un trozo de muralla que se sostiene por pura terquedad. Sirve de brújula a los forasteros: si aún no ves las piedras de la parte alta, no has llegado al pueblo; si ya las ves picadas por el tiempo, estás empezando a subir. Lo demás es calle empedrada, portón bajo y ventana orientada al sur para que el sol ahorre leña. De los 812 empadronados, 372 tienen edad para decir «antes» sin pestañear —y lo dicen, sí señor. Los niños suman 56: dan para dos aulas y media, lo que bastaba cuando la escuela funcionaba con gente.
Qué se come (y se bebe) sin darse cuenta
Estamos en el Dão, así que el vino no viene de la tienda, viene del racimo que tu vecino trae en una cesta. Cuando la nariz insista en que huele a fruta verde y tierra mojada, está diciendo la verdad: es granito y noche fría, no truco de marketing. En la mesa, el queso es el da Serra, pero no el que vas a buscar al super: es el que Pepe del panadero guarda detrás de la barra, envuelto en paño húmedo. Requesón sobre pan de molde caliente es el desayuno del domingo; cordero es cuando Ana de la Quinta de los Luis sacrifica uno y aún caben tres más a la mesa. Nada de etiquetas que digan «experiencia»; solo hambre y suerte.
Por dónde se anda (y dónde se duerme)
Son 2.716 hectáreas, casi todas de vacío. Quien venga buscando «sendero señalizado» lleva decepción y zapato rallado. Hay veredas que solo conoce el pastor —y él no anda buscando compañía. Si quieres dormir, hay tres casas que abren la puerta: una es de doña Amalia (tiene un gato naranja que roba tocino), otra del señor Antonio (da desayuno a las siete; si llegas a las ocho, te lo comes frío), la tercera… bueno, esa cambia de dueño según el hijo esté o no de vacaciones. Nada de web, nada de tienda de recuerdos. El check-in es un «pasen, pero quiten los zapatos sucios».
El granito que no pidió nacer aquí
Está por todas partes, sí, y hasta parece que se ha multiplicado de mal humor. Pero sirve de banco, de apoyo para la cesta de broa y, en invierno, de escondite del viento. Tocar la piedra es tocar docenas de manos que ya no pueden estrechar la nuestra —y, aun así, aún se calienta al sol de la tarde, como quien dice «bueno, aquí sigo».
Al caer el día, cuando la luz se pone tras la cima de las ruinas, Castelo de Penalva no ofrece postal. Ofrece, mejor, una puerta pintada de azul desgastado, un olor a leña que ya va en ceniza, el murmullo de la riera que solo se oye si callas los pies. Quien busque espectáculo, que tome la A-25. Quien se conforme con sentarse en el muro, bien: quizá le sobren diez minutos de silencio antes de que alguien pase y le diga «buenas tardes, ¿viene de lejos?».