Artículo completo sobre Ovoa y Vimieiro: silencio del Dão
Entre viñedos y granito, dos pueblos que se funden en la quietud de la Beira
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El granito del era aún huele a frescor cuando la luz rasante del amanecer dibuja sombras largas entre las casas de Ovoa. El silencio no es ausencia: tiene la densidad del aire de montaña baja, rotundo con el ladrido lejano de un perro y el chirrido metálico de una verja que alguien acaba de abrir en la huerta de al lado. A 207 metros de altitud, entre los viñedos del Dão que trepan por laderas en bancales irregulares, esta unión de parroquias respira al ritmo pausado de quien ha aprendido a vivir con lo justo.
Ovoa y Vimieiro se aglutinaron administrativamente, pero cada núcleo conserva su propia fisonomía. Reparten 1.480 vecinos en poco más de 22 km², donde 508 mayores duplican con creces a los 150 jóvenes — una aritmética que se lee en las fachadas encaladas que reclaman nuevo repello y en los campos donde la maleza avanza sobre antiguos regatos. Sin embargo, hay vida terca: cuatro casas de turismo rural rehabilitadas indican que alguien busca precisamente esa quietud deliberada, lejos de las rutas trilladas.
Piedra con memoria y registro
Un monumento catalogado como Bien de Interés Público ancla la memoria colectiva del lugar: la capilla de São Sebastião, en pie desde el siglo XVI, con sus muros de piedra morena y el campanario que se divisa desde lejos. Esta es tierra surcada por el Camino de Torres, variante portuguesa del Camino de Santiago que serpentea entre la Beira Interior y la costa. Los peregrinos que transitan aquí dejan atrás el paso acelerado: las carreteras estrechas donde apenas caben dos coches obligan a aminorar, y los horarios del comercio obedecen a lógicas domésticas. El café del Zé abre cuando se levanta y cierra cuando juega el Benfica.
Viña y mesa
Pertenecer a la Región Demarcada del Dão no es un accidente geográfico: es identidad. Las viñas se aferran a laderas de pizarra, beneficiándose de la amplitud térmica que madura las castas Touriga Nacional, Tinta Roriz y Alfrocheiro. En la lagar del señor Manuel, que aún elabora vino como le enseñó su padre, el aroma a mosto en otoño impregna los muros de piedra. La gastronomía se mantiene fiel a los cánones tradicionales de la Alta Beira: el embutido ahumado que pende en las cocinas con chimenea, el arroz de carqueja en días de fiesta, el cabrito asado en horno de leña. No hay restaurantes estrellados; hay la tasca de doña Alice, donde el cocido se sirve los miércoles y los sábados hay lechón, si se encarga con antelación.
Naturaleza sin espectáculo
El territorio no presume cascadas dramáticas ni miradores vertiginosos. Ofrece la textura discreta de la Beira Interior: arroyos que bajan mansos en verano, veredas rurales flanqueadas por muretes de pizarra donde crece el helecho, bosquetes de robles y eucaliptos que se alternan con parcelas cultivadas. Es paisaje para caminar despacio, reparando en el musgo que cubre las fuentes de labranza, en el canto repetitivo del mirlo, en el olor a tierra removida cuando alguien labra una leira. El camino de la Fonte da Pipa merece la desviación: lleve botella, el agua es buena.
La luz de la tarde tiñe de oro el campanario de la iglesia. Un tractor regresa del campo, levantando polvo en la pista de tierra batida. En Ovoa y Vimieiro la memoria no se grita: se deposita en capas finas, como la cal que va cubriendo los muros tras cada nueva encalada. Queda el sonido de las campanas que marcan las horas, el frío húmedo de las mañanas invernales en las casas de piedra y la certeza de que hay lugares donde lo esencial sigue siendo suficiente.