Artículo completo sobre Nagozelo do Douro: viña colgada sobre el Duero
São João Baptista, azulejos del XVIII y hogueras que despiden al sol
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La tarde incide de lleno sobre los muros de pizarra de la iglesia de São João Baptista y devuelve un calor seco, casi mineral. En el atrio, el cruceiro granítico de 1722 proyecta una sombra breve sobre el empedrado irregular. Abajo, trescientos metros de bancales en escalera vertical hasta el Duero: la viña se agarra a la ladera como si brotara de la propia piedra. Nagozelo do Douro es eso: 340 vecinos, un monumento nacional, cuatro kilómetros de senda y un horizonte donde el río parte la tierra en dos.
Piedra, azulejo y hoguera
La parroquia existe al menos desde el siglo XVI, pero es en el XVIII cuando adquiere el sello que aún dura. La iglesia mayor conserva su retablo barroco policromo y los paneles de azulejo setecentistas —cobalto sobre blanco, escenas de la vida del patrón enmarcadas por volutas vegetales—. En la plaza, el lavadero mantiene el caño de bronce y el pilón rectangular donde aún se enjuaga la ropa los sábados. El agua cae en un hilo constante, metálica y fría incluso en agosto.
La víspera de São João, el 23 de junio, se encienden hogueras en la calle principal. Antes los chicos saltaban las brasas «para cobrar valor»; ahora lo hacen los niños, descalzos, bajo la mirada de los abuelos. Tras la procesión se sirve caldo verde en cuencos de barro y bolo de São João —bizcocho esponjoso con ralladura de limón—. Los mayores aún entonan el Cântico ao São João, una letanía popular que se transmite de oído, sin partitura ni ensayo.
Cabrito, chanfana y queso terrincho
La cocina de Nagozelo se basa en horno de leña y tiempo lento. El cabrito asa horas, regado con vino blanco y ajo, hasta que la piel cruje al toque de la cuchilla. La chanfana —cabrito estofado en vino tinto— cuece en cazuela de barro sobre brasas de roble, con laurel y pimentón. En otoño se prepara la sopa de castañas secas, densa y dulzona, que se cena con broa de maíz. La parroquia forma parte de la zona de producción del Queijo Terrincho DOP, elaborado con leche de oveja Churra da Terra Quente y curado treinta días en cueva de pizarra. La pasta es firme, ligeramente picante, y deja un regusto mineral en la lengua.
Bancales hasta el río
El Caminho dos Socalcos —cuatro kilómetros entre terrazas de viña— parte del largo de la iglesia y baja en zigzag hasta los doscientos metros de altitud, donde el Duero fluye ancho y pardo. No hay barandillas ni cartelería turística: solo muretes de pizarra en seco, olivos retorcidos y el silencio denso de la ladera. En el mirador del Carril, a mitad de bajada, la vista se abre a la otra orilla: viña en anfiteatro, quintas blancas, el reflejo metálico del río al fondo. En septiembre, durante la vendimia, algunas quintas aceptan voluntarios: se corta el racimo con tijera, se carga la espuerta a la espalda, se pisa la uva en el lagar de granito como hace doscientos años.
La tarde se cierra despacio sobre Nagozelo. En el atrio, la sombra del cruceiro se alarga hasta tocar el umbral de la casa de enfrente. Abajo, invisible pero audible, el Duero murmura entre las riberas de pizarra —un sonido grave, continuo, que sube la ladera y se mezcla con el viento entre los olivares.