Artículo completo sobre Pinho: el crujido del fuego que da vida a São Pedro do Sul
Pinho (São Pedro do Sul) conserva su alma rural: hornos de leña, hórreos de piedra y fiestas donde la gaita marca el latido.
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El sonido llega primero: el crujido de la leña en el horno, grave y pausado, como un metrónomo antes del estreno. En Pinho, a 497 metros de altitud, el día empieza con la tarea de avivar el fuego — gesto que no ha cambiado desde que mi abuelo me enseñó a hacer la pirámide con periódico y corteza de pino. El granito de las casas de labranza se calienta despacio, sin prisa, mientras los hórreos dibujan geometrías en el suelo: nuestros rascacielos, solo que guardan maíz en vez de gente.
Geografía de la mesura
Dicen que el nombre viene de los pinares, pero yo creo que viene del tamaño. Pinho es pequeño como un alfiler en el mapa, clavado entre la sierra y la llanura. Los soutos —castañares— son nuestros; cuando la castaña está en sazón, ni el viento se lleva las mejores. Las regatas bajan hacia el Vouga como niños al colegio, a trompicones. No hay sendas señaladas con pintura: basta seguir el olor a humo o el tractor de José Manuel para llegar a cualquier parte.
Aquí cabe todo, menos el alboroto. De los 654 que figuran en el padrón, la mitad fue mi compañero de pupitre o pariente. Los demás son forasteros de Figueiredo —que para nosotros ya es casi extranjero. Las tres casas de veraneo que han salido no engañan a nadie: tienen plantas en la terraza que nadie riega.
San Pedro y las capillas del camino
La iglesia es como la abuela Dolores: no necesita grandes pinturas para imponer. En junio, la fiesta es nuestro Cannes —pero en vez de alfombra roja, hay colcha de retales en la plaza. El cabrito salta de mesa en mesa como rumor de juerga, y el vino del Dão corre más deprisa que el agua de la regata. A esas horas, la gaita de Sequeira se oye en el otro extremo de la aldea, y nadie se queja: es señal de que hay vida.
Las capillas son nuestros waypoints. «Antes de la curva de la ermita» vive Antonio. «Después del cruceiro» se va al corral del ganado. La de San Antonio está cerrada nueve meses al año, pero el día de la romería se abre como flor de un solo día —y hasta el perro de Almada entra descubierto.
Carne, vino y horno de leña
El secreto del cabrito no es el adobo: es el tiempo. Y el horno del señor Albano, que tiene más años que la junta parroquial. La chanfana lleva vino tinto del Dão y se cuece en la cazuela de barro que la madre de doña Idalina heredó de su suegra: como la Constitución, no se toca. La Carne Arouquesa es de las vacas que pastan por los montes; son ellas las que eligen el plato, no nosotros.
Cuando se come en Pinho no se habla de dietas. Se habla del tiempo, del ganado, de la política —pero siempre con la boca llena. El bizcocho de doña Lucinda está tan jugoso que parece que ha llorado de alegría dentro del horno.
Otoño: la cosecha de la castaña
Octubre es cuando la aldea se parece más a sí misma. Los soutos se llenan de gente que regresa como golondrinas: hijos venidos de Oporto, nietos que solo conocen la aldea por el Wi-Fi de la abuela. Se barren hojas como quien ordena la casa para las visitas. Por la noche, el brasero sigue vivo y las castañas revientan como tracas de fin de año.
Quien pasa por aquí en temporada se lleva algo más que castañas en el bolsillo. Se lleva el ruido seco de las hojas, el olor a tierra mojada y esa sensación de que el tiempo aquí no pasa: se acomoda en la chimenea, como el gato de Celestino.