Artículo completo sobre Serrazes: piedra viva y silencio rural
En São Pedro do Sul, la aldea de granito guarda olores a laurel y tiempos de hoz
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El granito aflora junto al arcén, desnudo y gris, como si la tierra hubiera olvidado cubrirlo. En Serrazes la piedra no es solo geología: frena los bancales, sostiene las casas y retuerce los tobillos de quien baja la Rua da Igreja bajo la lluvia. Los muros se ensamblan sin holgura ni cuchilla por medio; los mayores hablaban de «pizarra que se agarra», pero el secreto está en la mano que coloca cada pieza sin prisa.
La aldea respira espacio: 890 vecinos repartidos en 1.323 hectáreas dan para perder la voz entre las eras. Por la mañana la niebla se engancha a los muretes del Pego; al caer la tarde la luz dora las tejas del Carril y enciende el mica del granito como vidrio molido. El que se queda se queda de verdad: hay tres veces más mayores que jóvenes y, en la foto de la junta parroquial, siempre aparecen los mismos apellidos, los mismos ojos azules, la misma frase sobre un tiempo que «ya no es el de antes».
Piedra labrada, tiempo grabado
La capilla de São Brás tiene la portezuela tan baja que obliga a inclinarse: dicen que así el hombre entra con humildad. En su interior se mezclan el olor a cera y ropa guardada con el bálsamo de las coronas de laurel que se secan sobre el altar. Fuera, el atrio es el lugar donde se cuentan las muertes: Antonio del cortijo, Amelia que nunca se casó, el nieto que se fue a Francia y no regresó. El cruceiro de 1897, con la cruz ligeramente torcida, marca el tiempo a pan y agua: cada mella en la piedra es un año de granizo o de hambre.
Las casas más viejas miran al mediodía para aprovechar el sol de invierno; los muros norte, ciegos como tortugas, se blindan contra el viento que trae nieve hasta mayo. En los hórreos aún se guarda la hoz con mango de nogal: nadie la usa, pero nadie la tira. El fuego grande, la «fogareira», es ahora una fotografía en la pared de la cervecería, aunque algún abuelo consigue encender un bracero de castañas para secar los zapatos tras la era.
Sabor de tierra: Arouquesa y Cabrito da Gralheira
La Arouquesa llega los domingos en trozos grandes, despiezada en la sierra vecina y traída en sacos de malla. Cuando chisporrotea en la sartén, la grasa amarilla canta como una concertina: el olor baja hasta la Rua do Poço y saca al viejo Albano con las chanclas puestas. Se come con patatas de secano que jamás vieron una aspersora; el maíz, si la cosecha acompaña, se convierte en broa que Natária mete al horno a las cuatro de la madrugada, cuando las cigarras aún se dejan engañar por la luna.
El cabrito da Gralheira no es de Serrazes, pero aquí se perfecciona. El horno de leña del restaurante «O Corte» tarda tres horas en alcanzar la temperatura; el aroma de la astilla de madroño impregna el aire como incienso profano. La costra queda dorada, la carne casi translúcida: se come con las manos, sin prisa, regado con tinto de garrafón que Zé Manel trae en el portaequipajes del Renault 4L.
En los viñedos los bancales son tan estrechos que no entra el tractor; quien poda aún sube con la azada al hombro y escucha el silbido del viento que baja del Dão. El vino nace en tinas de cemento pintadas de azul: no lleva nombre en la etiqueta, solo el retrato del abuelo que plantó la viña en 1953. Se bebe fresco en verano, a la sombra del nogal, con altramuces y conversación sobre el precio de la leche.
Dormir entre sierras
Hay tres casas recuperadas: una en el Carril, otra en el Pego, otra más arriba, sin nombre de calle. Son de piedra viva, con puertas gruesas que crujen como barcos. No hay televisión; sí hay un cielo estrellado que parece más cercano y un silencio tan pleno que se oye la sangre en los oídos. La mañana empieza con el gallo del vecino y un pan recién hecho que dejan en el umbral envuelto en un paño de lino.
Quien llega se queda para caminar hasta la Fraga da Pena, donde el agua salta quince metros y el musgo huele a limón aplastado. O sube hasta la Senhora da Lapa, donde los peñascos dibujan una silla de rey: dicen que quien se sienta allí ya no se pierde, ni aunque se marche. Por la noche el calor de la piedra se escapa a trocitos; el rocío cae como grano fino y las grajillas cruzan el cielo en banda, apresuradas hacia un lugar que solo ellas conocen.