Artículo completo sobre Chosendo: sierra, vino y fe a 708 m
En Sernancelhe, la aldea donde el granito, las viñas y tres romerías marcan el ritmo
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El frío de la mañana pica la piel a 708 metros de altitud. En Chosendo, el silencio de la sierra solo se rompe por el eco lejano de la campana de la iglesia parroquial y el murmullo del arroyo de Carvalhal, que serpentea entre piedras. Aquí, en el corazón del municipio de Sernancelhe, 267 personas habitan un territorio donde el granito aflora entre viñedos que bajan en bancales hasta el valle del Távora. La densidad humana es mínima —21,4 almas por kilómetro cuadrado— y eso se nota en la amplitud del horizonte, en la distancia entre las pocas casas dispersas, en el peso del cielo abierto que domina el paisaje.
Geografía de la fe
Las tres romerías que marcan el calendario de Chosendo trazan un mapa devocional que traspasa los límites de la parroquia. La Fiesta de Nuestra Señora de las Necesidades (último domingo de agosto), la Romería de Nuestra Señora de la Lapa (primer domingo de septiembre) y la Romería de Nuestra Señora de Ao Pé da Cruz (3 de mayo) no son solo celebraciones religiosas: son momentos en los que los caminos de tierra cobran vida, en los que las capillas aisladas se llenan de voces. La capilla de la Lapa, construida en 1712 según la inscricción de su pórtico, está a 3 kilómetros de la aldea y recibe a devotos que suben a pie desde Sernancelhe, Vilar de Nantes y Fonte Arcada. El olor a cera de vela se mezcla con el aroma del monte pisado y la tierra húmeda.
Vino y altitud
La inclusión de Chosendo en la Región Demarcada del Douro desde 1756 no es casual. La altitud, entre 600 y 750 metros, y la exposición solar crean condiciones únicas para las variedades tintas tradicionales —Touriga Nacional, Tinta Roriz y Bastardo— que aquí resisten el frío del invierno y maduran despacio bajo el calor seco del verano. Las viñas viejas, plantadas en bancales de pizarra de menos de 1,5 metros de ancho, producen uvas concentradas que entran en las catas de vinos de Oporto y del Douro. Antonio Cerdeira, de 73 años, aún cultiva las 2 hectáreas de viña heredadas de su padre: «No hay quien quiera venir aquí a trabajar estas tierras. Los jóvenes se fueron todos a Francia o a Lisboa». No hay bodegas abiertas al público ni rutas señalizadas: el vino aquí es trabajo, no espectáculo.
El peso de los números
De los 267 residentes, 93 tienen más de 65 años. Solo 18 son niños menores de 15, según el Instituto Nacional de Estadística de 2021. Esta desproporción dibuja el futuro de la parroquia con trazo firme: casas cerradas, campos que vuelven al monte, saberes que se pierden. La escuela primaria cerró en 2009, junto con el bar de José Mario que hacía de punto de encuentro. Pero la resistencia está en los gestos cotidianos: en el ahumadero que aún cura chorizos de cerdo ibérico, en la huerta de doña Amelia que mantiene el legado de las semillas autóctonas, en la charla al final del día junto al cruceiro de 1787 en la plaza.
La luz de la tarde se posa sobre los tejados de pizarra y tiñe el granito de los muros con tonos de ocre y gris. A lo lejos, una columna de humo sube recta desde la chimenea de la casa donde don Joaquín, de 82 años, aún quema leña de su robledal. Chosendo no promete comodidades: la panadería más cercana está a 12 kilómetros, en Sernancelhe; el médico de cabecera solo viene los martes; el autobús escolar que llevaba a los críos al instituto dejó de circular en 2015. Pero hay algo en la aspereza de este lugar que se adhiere a la memoria: quizá el frío limpio de la altitud, quizá el silencio denso entre romerías, quizá solo la certeza de que aquí lo esencial aún resiste, terco como las viñas viejas agarradas a la pizarra.