Artículo completo sobre Cunha: silencio de granito entre viñas y romerías
A 689 m, el pueblo viste bancales de pizarra con tinto roriz y tres fiestas marianas
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La sierra cierra el horizonte en tonos de pizarra y granito. A 689 metros de altitud, Cunha respira el aire fino de las cumbres, donde el viente trae el olor a tierra removida y a leña que arde en los ahumaderos. Son 323 vecinos repartidos en 1.702 hectáreas de laderas que bajan en bancales hacia los valles del Duero. El silencio aquí tiene peso —solo lo rompe la campana de la iglesia o el ladrido lejano de un perro pastor.
Tres capillas, tres devociones
El calendario de Cunha gira en torno a tres romerías que devuelven el movimiento a las laderas. La Fiesta de Nuestra Señora de las Necesidades, el 15 de agosto; la Romería de Nuestra Señora de la Lapa, el primer domingo de septiembre; y la Romería de Nuestra Señora al Pie de la Cruz, el 3 de mayo, convocan a fieles que suben por caminos de tierra apisonada, encienden velas, intercambian promesas. Tres advocaciones marianas que reflejan la geografía quebrada de este lugar: la necesidad de amparo en un territorio que nunca facilitó la vida, la protección en las grietas y grutas de la roca, la cruz plantada al borde del camino como brújula espiritual. Las procesiones dibujan recorridos ancestrales, los mismos que recorrían a pie los lugares de Cimo de Vila, Carvalhal y Pego, cargando andas que oscilan al ritmo de los pasos.
Viñedo de altura
La parroquia forma parte de la Región Demarcada del Duero desde 1756, y las viñas se agarran a los bancales con la terquedad de quien conoce el secreto de la piedra. La altitud suaviza el calor estival, alarga la maduración de las uvas, aporta acidez a los vinos. Los muros de pizarra acumulan calor durante el día y lo devuelven por la noche, creando microclimas que los viticultores han aprendido a leer como quien lee el cielo antes de la lluvia. No hay aquí las quintas monumentales del Douro vinícola —pero sí parcelas familiares, trabajo manual, vendimias que aún reúnen a varias generaciones. La variedad predominante es la tinta roriz, con algunos viñedos viejos de touriga franca en los suelos más profundos de Carvalhal.
El peso de los números
Treinta y tres jóvenes menores de catorce años. Noventa y seis mayores de sesenta y cinco. La aritmética de Cunha cuenta la historia de tantas parroquias serranas: el éxodo que comenzó en los años sesenta con la emigración a Francia, las casas cerradas, los campos que vuelven a ser matorral. La densidad poblacional —menos de 19 habitantes por kilómetro cuadrado— se traduce en horizontes vacíos, en senderos donde se puede caminar una hora sin cruzarse con nadie. Pero también se traduce en libertad: la de oír el propio pensamiento, la de sentir la escala real de las montañas, la de comprender que hay lugares donde la soledad no es carencia, sino condición natural. La escuela primaria cerró en 2011. El café del pueblo abre solo los fines de semana.
El humo sube recto desde las chimeneas al caer la tarde. En las noches despejadas, las estrellas se encienden sin competencia —la ausencia de luz artificial devuelve al cielo su dimensión original. Aquí la oscuridad no asusta. Enseña.