Artículo completo sobre Távora y Pereiro: piedra, vino y memoria viva
Távora y Pereiro, Tabuaço: pasea entre bancales de pizarra, lagares centenarios y horno comunitario que aún huele a cordero y memoria.
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El granito del pelourinho está caliente, pero nadie se sienta. Es como la esquina del bar que ocupa siempre el mismo cliente: todos saben que es suya, aunque no esté. En Távora viven 362 personas —las conté ayer en el papel del súper, donde la señora de la tienda todavía fía.
La iglesia parroquial es la que mi abuela llamaba “la iglesia grande”, aunque sea más pequeña que la de Santa Leocádia, en el Paço. El padre Antonio, que ya pasa de los 80, sigue diciendo misa los domingos y recuerda cuando los niños hacían la primera comunión con pantalones cortos. Los santos de los retablos te miran con esos ojos que te siguen, como la vecina de la ventana que sabe siempre cuándo llegas tarde.
Donde la pizarra se hace surco
Los bancales son las arrugas de mi padre: cada uno cuenta un año, una cosecha, una guerra. En la Quinta do Convento… bueno, los ingleses se gastan un dineral en ese vino. Pero te aseguro que el tinto de Celeste, guardado en garrafas de cinco litros, no les va a la zaga. Es cuestión de gusto, no de precio.
Cuando era crío, nos descalzábamos y pisábamos la uva en el lagar del Sequeiro. Ahora ya lo hacen las máquinas, pero el olor es el mismo: mezcla de mosto y piedra que se te queda en las manos durante días. Las castañas de la Lapa están bien, pero las de mi suegra —plantadas detrás de la casa, donde da el sol por la mañana— están mejor. No tienen DOP, solo boca.
El camino que mi abuelo hacía de noche
El sendero de los bancales es por donde mi abuela iba a buscar agua hace cincuenta años. Hoy es para que los turistas se hagan selfies, pero ella sigue yendo, ahora a por salsa brava. Dice que la pizarra le sienta bien a las articulaciones.
En Pereiro, los hórreos están vacíos. El maíz ya viene del supermercado, pero los mayores siguen pasando, como quien visita tumbas de familia. El día de San Juan, el horno comunitario se enciende a las cinco de la mañana. Rui —ese que se fue al Porto y volvió— siempre lleva un cordero. “Es más barato que la terapia”, dice, mientras riega el estofado con una botella de la que nadie pregunta el origen.
Cuando el sol se pone tras el Marão, el valle se tiñe de morado como la camiseta de mi primo después de la vendimia. El silencio es tal que se oye el reloj de Mario —ese que le regalaron en Navidad— marcando las horas. Son seis campanadas que nadie cuenta, porque todos saben que es la hora de cenar.