Artículo completo sobre Mondim da Beira: el Varosa que quema y la piedra que abraza
Valle de pizarra fría, puente de granito ardiente y 585 vecinos que se conocen el crujido
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El granito del puente quema los dedos al atardecer — aún almacena el sol que ha golpeado todo el día la curva del Varosa. Abajo, el río roe la pizarra y el eco de los niños sube mezclado con el humo de las brasas de la playa fluvial. Mondim se aferra al valle como quien se arropa con una manta: casas blancas en bancales, 585 almas que se saben de memoria el crujido del puente y el olor a sardina que Antonio tira al carbón a las seis en punto.
Piedra sobre piedra, siglo tras siglo
El puente no tiene placa con fecha, pero José Mário dice que su bisabuelo ya lo llamaba “viejo” — y con eso basta. Dos arcos de medio punto, tan estrechos que el tractor de Joane pasa a trompicones, pisando el mismo paso que las vacas que iban a la feria de Tarouca. Arriba, el Arco de la Paradela es solo un hueco en la pared, pero sigue sirviendo de referencia: “está justo después del arco, a la izquierda”. La Iglesia Vieja perdió el tejado en un temporal del 78; la mitad del retablo se llevó al museo de Lamego, lo que queda sigue ahí, brillando bajo la luz de una ventana rota. El cruceiro, en cambio, sigue intacto — hace de banco para los mayores que juegan a la sueca en la era cuando cae la sombra.
Agua fría, piedra caliente
La playa cabe en un instante: 120 metros de pizarra lisa, dos barbacoas de chapa ondulada y un aseo que huele a cloro y a orines. En agosto se llena de toallas de El Corte Inglés y de críos de Viseu que nunca han visto agua tan helada. El Varosa baja de la sierra como si saliera del frigorífico: quien se mete pierde el aliento, pero luego no quiere salir. El sendero PR2 empieza detrás del bar de la playa — sube por la acequia donde las cañas cortan las piernas, pasa por el molino de Basílio (hoy solo quedan engranajes y un búho) y desemboca en el castañar de la Lapa. Quince toneladas de castaña al año, de sesenta árboles que aún llevan los nombres de las madres grabados en el tronco.
A la mesa, con peso y medida
La Carne Arouquesa viene del ganado que pastó en el mismo terreno donde ahora se bañan los turistas — su sabor es el de la hierba del Varosa. El cabrito es de Amílcar, que sacrifica el viernes y asa en el horno de leña del antiguo obrador: piel crujiente, carne que se deshace. La chanfana lleva vino del Douro, pero también un chorro de aguardiente casera que Rosa guarda detrás del congelador. En junio, San Pedro baja en procesión hasta la playa; el cura bendice las parrillas, el coro canta “Ó que linda fonte” y luego se come en bancos de madera hasta que se acaba la cerveza. Octubre es mes de pelar castañas con la uña, de aprovechar la cáscara para hacer jarabe y de llenar la despensa con fruto seco que huele a humo de leña.
Entre el cañón y el castañar
Se alquila kayak en el bar — 10 euros la hora, dejan llevar al perro si sabe nadar. Dos kilómetros contra la corriente hasta el desfiladero: las paredes de pizarra se estrechan, los zampullines desaparecen bajo la barca y el silencio es solo el golpe del remo. A la vuelta, el sol se posa en la cresta del cañón y el río se vuelve dorado como la miel del Seixoso. Cuando cae la noche, el Varosa sube en tono de órgano y las luces de las casas se encienden como cerillas en la ladera. La piedra del puente sigue caliente: es el último abrazo del día antes de subir la calle en zigzag hasta casa.