Artículo completo sobre São João de Tarouca: valle de silencio y vino
El primer monasterio cisterciense de Portugal, entre viñas en terrazas y castañares del Varosa
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La campana de la iglesia da tres golpes secos y el eco recorre el valle del Varosa, despacio, como si tuviera todo el día por delante. En la explanada del Monasterio de São João de Tarouca, el granito absorbe el calor de la mañana mientras una brisa ligera trae el olor a tierra húmeda de las viñas en bancales. A 607 metros de altitud, el aire es transparente, casi frío cuando la sombra cae sobre los muros centenarios. Aquí, entre las montañas y el río que serpentea abajo, el silencio tiene peso.
La piedra que ordenó el territorio
El Monasterio de São João de Tarouca se alza desde 1154 como el primer cenobio cisterciense portugués, y aún hoy funciona como ancla del paisaje. Sus muros atestiguan siglos de colonización agrícola, de ordenación de la viña y del suelo que los monjes blancos diseñaron durante la Reconquista. Entrar en la iglesia parroquial de São João Baptista es atravesar capas de tiempo: el manuelino de las columnas, el barroco de los retablos, la luz filtrada por las rendijas que dibuja rectángulos dorados en el suelo de piedra. El frío de la nave contrasta con el calor de fuera, y los pasos resuenan en una acústica que amplifica la soledad.
En los senderos que suben hasta la Capilla de Santa Helena da Cruz, la Ruta del Varosa serpenteia entre castañares y muros de pizarra cubiertos de musgo. La Castaña de los Soutos da Lapa DOP madura en otoño, y el suelo se llena de erizos rotos. Más arriba, los bancales de viña recortan la ladera en terrazas irregulares, y la vista se abre sobre el valle: verde oscuro de pinos, manchas de viña, el brillo metálico del Varosa al fondo.
Carne, castaña y tinto
La Carne Arouquesa DOP llega a la mesa a la brasa, con el sabor intenso de quien pastó en libertad por las montañas. En los restaurantes locales, la carne viene acompañada de patata asada y de un tinto robusto de la región del Duero, denso y cálido en la garganta. La castaña se convierte en postres de cuchara o acompaña guisos, recordando que este territorio siempre vivió de lo que la tierra ofrece sin prisas.
Romería y devoción
En junio, la Fiesta de San Pedro llena la explanada de voces y música popular, pero es en la Romería de Santa Helena da Cruz cuando la parroquia gana otra dimensión. Devotos suben el sendero a pie, algunos descalzos, hasta la ermita en lo alto. La procesión avanza despacio, salpicada de cánticos y el sonido irregular de las piedras sueltas bajo los pies. Por la noche, las velas encendidas dibujan una línea de luz que asciende la ladera.
São João de Tarouca tiene cuatrocientos sesenta habitantes, contados de uno en uno. Se reparten entre casas bajas, algunas desgraciadamente abandonadas, otras recuperadas por forasteros que llegaron y se quedaron. Aún hay quien dice sentirse solo, pero a la hora de cenar el César del bar sirve cañas para media docena de almas que discuten fútbol como si el estadio estuviera al lado. Al final de la tarde, el sol rasante ilumina la fachada del monasterio y el granito se tiñe de miel. Uno se queda ahí, sentado en el banco de cemento de la plaza, mientras crece la sombra y el frío de la noche baja de la montaña como un gato arrastrándose.