Artículo completo sobre Lajeosa do Dão: luz y granito entre viñedos
En la ladera del Dão, el tiempo se mide en vides y piedra que guarda calor
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La carretera sube y baja como quien respira, entre viñedos que parecen trazados con escuadra y el Dão abajo, oculto pero presente en la humedad que asciende por los valles. Lajeosa do Dão se agarra a una ladera suave donde el granito aflora sin disimulo, como quien no quiere molestar. A 312 metros, la luz es distinta: ni la blancura de la planicie ni el cierre de la sierra, sino una luz que redondea las esquinas de las casas de piedra y cal, como si aquí las cosas no tuvieran prisa por suceder.
El tiempo de la viña
Veinticuatro kilómetros cuadrados donde el tiempo se mide por las vides. Touriga Nacional, Tinta Roriz, Alfrocheiro: nombres que suenan en el café, entre un café y otro, con un ojo puesto en el cielo. El granito es como ese amigo que guarda secretos: de día acumula calor, por la noche lo devuelve despacio, sin levantar expectativas. Es esta danza la que los vinateros conocen de memoria; no es ciencia, es convivencia.
Piedra que habla
Dos monumentos oficiales, pero la verdadera arquitectura está en los portales labrados, en los muros que resisten el viento del norte, en los pajares de madera oscura que aún guardan herramientas de la época de nuestras abuelas. No hay quintas señoriales con timbres de plata: aquí todo es más honesto. Casas bajas con el anexo donde aún se mata el cerdo, muros que sirven para marcar territorio y para apoyarse a la sombra cuando el sol aprieta.
Las calles antiguas son como son: estrechas, con empedrado que hace bailar al que no está acostumbrado. En las mañanas de niebla, los umbrales se oscurecen y el silencio es tal que se oye al vecino rechinar los dientes. Hay 1537 personas: da tiempo a aprenderse todos los nombres y sobra memoria para las historias de cada cual.
Lo que se come (y se bebe)
La cocina es lo que el terreno permite. Queijo da Serra, el de la sierra, que puede ser de los que se untan en el pan o de los que hacen fuerza en el filo del cuchillo. Carne Arouquesa, que lleva el nombre de la tierra vecina pero aquí sabe mejor: quizá porque se come más despacio, quizá porque se acompaña con un blanco del Dão que nació a dos pasos.
En los cinco sitios donde se puede dormir —casas de vecinos que abrieron puertas, no hoteles con conserje— se sirven comidas sin cronómetro. Una densidad de 62 personas por kilómetro cuadrado deja espacio para respirar, para oír el tractor de José allá abajo, para contar los coches que pasan sin necesidad de descalzarse para ayudar en la suma.
La matemática de la aldea
Ciento treinta y dos críos menores de catorce años, 587 mayores de sesenta y cinco. Son cifras que cuentan lo que todos saben: los jóvenes se marcharon, los viejos se quedaron. Pero las viñas siguen podándose, las huertas conservan sus limoneros en tiestos de cemento, el pan sigue yendo al horno cuando hay fiesta. La tarde cae despacio, tiñe las vides de cobre, y la Estrela al fondo recuerda que hay otros sitios; pero este, entre el granito y el vino, es el nuestro.