Artículo completo sobre Parada de Gonta: poesía y azulejos en la Ecopista
La antigua estación del Dão, la casa de Tomás Ribeiro y azulejos de Colaço te esperan
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El silbato del tren ya no desgarra la mañana desde hace décadas, pero la antigua estación de Parada de Gonta sigue ahí, reconvertida en punto de descanso de la Ecopista del Dão. Como esos armarios viejos que se restauran y se colocan en la cocina: la estructura es la misma, pero ahora sirve para otra cosa. El edificio de piedra sigue en pie; el andén donde antaño se esperaba la composición hacia Viseu o Santa Comba Dão es hoy un respiro para ciclistas que recorren los cuarenta y nueve kilómetros de vía desactivada. El café regional se sirve en uno de los anexos, tan cargado que parece hecho para despertar a los muertos del cementerio cercano, mientras el sol de la mañana calienta el granito de los muros. A 342 metros de altitud, entre viñedos que bajan en bancales hasta el arroyo y olivares centenarios que salpican las laderas, esta parroquia de 619 habitantes conserva la memoria de quien la hizo célebre: Tomás Ribeiro, el poeta y estadista que nació aquí en 1831 y la llamó «fresca aldea hermosa» en sus versos bucólicos.
La herencia de un poeta ministro
La casa natal de Tomás Ribeiro se alza en el centro de la aldea, con fachada encalada y ventanas de cantería. Aquí funcionaba la antigua oficina de correos, una simbiosis entre memoria literaria y vida rural que define el carácter del lugar. La capilla privada de los Ribeiro, levantada antes que la propia iglesia parroquial, guarda la devoción de una estirpe que marcó la toponimia local: el apellido «Gonta», añadido al término «Parada» (punto de parada en la línea del valle), perpetúa esa vinculación familiar al territorio. La elevación a parroquia, en mayo de 1884, se debió precisamente a la influencia del poeta, entonces figura destacada en la política nacional. Un año después llegaría el ferrocarril; en 1894, la iglesia matriz.
Azulejos de Colaço y piedra del Dão
La iglesia parroquial de Parada de Gonta merece una parada prolongada. Los paneles de azulejo firmados por Jorge Colaço —el mismo ceramista que inmortalizó la estación de São Bento en Oporto— cubren las paredes interiores con escenas bíblicas donde el azul cobalto domina. Es como ver la tele en blanco y negro, pero en azul y blanco. La luz que entra por las ventanas laterales incide sobre la cerámica vidriada, creando reflejos que cambian según la hora. Fuera, los puentes de piedra sobre el arroyo de Parada y sobre el Dão, en los límites de la parroquia, son obras de ingeniería popular que resisten las crecidas invernales: arcos perfectamente encajados sin mortero, como un LEGO de piedra donde todo encaja por la fuerza de estar bien colocado.
Vinos del Dão y quesos de la Serra
Inscrita en la Región Demarcada del Dão, Parada de Gonta vive también de la viña. La Quinta dos Trés Rios abre sus puertas a quien quiera conocer el proceso de vinificación de los blancos y tintos que aquí se producen: variedades como Encruzado, Touriga Nacional y Alfrocheiro madurando bajo el sol de Beira. En la mesa dominan los productos con DOP: cordero de la Serra da Estrela asado en horno de leña, Carne Arouquesa a la brasa, queso de la Serra da Estrela untuoso y el requesón que se extiende sobre pan de maíz aún tibio. La chanfana cuece lentamente en cazuela de barro, como si hiciera la siesta durante tres horas; el vino tinto amansa la carne de cabra vieja, el laurel y el ajo perfuman la cocina. En las fiestas de verano, las cavacas de Parada —bizcochos crujientes espolvoreados de azúcar— acompañan el café en las mesas de la junta parroquial, donde la sardinada y el baile popular reúnen a las 237 personas mayores de sesenta y cinco años y a los escasos 44 jóvenes que aún crecen aquí. Es como un partido de fútbol donde solo hay abuelos y nietos: no hay padres.
Ecopista y levadas del arroyo
La Ecopista del Dão atraviesa la parroquia en un trazado casi llano: el antiguo lecho ferroviario convertido en corredor verde donde se camina o se pedalea sin esfuerzo. En el túnel de Póvoa Catarina, ya cerca del límite con Viseu, el suelo cambia de color —de verde a rojo—: marca discreta del paso entre municipios. Los senderos rurales que bajan del caserío hasta el arroyo permiten observar la flora autóctona: robles, alcornoques, sauces que se inclinan sobre el agua corriente como ancianos viendo pasar barcos. Las levadas siguen operativas; el murmullo constante del agua acompaña a quien recorre estos caminos de tierra batida donde, de vez en cuando, se avista una garza real o un martín pescador. Es como tener la Radio Levadas sonando todo el día, sin interrupciones.
La campana de la iglesia da las seis de la tarde. En la estación desactivada, un ciclista ajusta las correas de la mochila antes de retomar la Ecopista rumbo a Santa Comba. El café bebido hace un rato aún caldea por dentro, como si llevara un calefactor portátil, mientras el sol poniente incendia los cristales de los azulejos de Colaço allá dentro, invisibles desde aquí pero presentes en la memoria de quien los vio reflejar la luz de la tarde.