Artículo completo sobre São João do Monte: campanas, hórreos y cordero al fuego
Valles de Tondela donde el granito cruza la bruma y el humo de São Joón perfuma el aire
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El granito del atrio aún conserva el frío de la madrugada cuando la campana de la iglesia parroquial de São João do Monte da las siete. El sonido se propaga por los valles ondulados, atraviesa los soutos de castaño donde la escarcha dibuja encajes blancos sobre las hojas caídas, y se pierde en las cumbres donde la sierra del Caramulo recorta el horizonte. A 702 metros de altitud, en esta unión de parroquias que apenas supera los 780 habitantes repartidos en 65 kilómetros cuadrados, el silencio tiene grosor —solo roto por el murmullo de la ribeira de São João, que discurre entre pizarra y musgo camino del río Dão.
Piedra, talla y memoria
La iglesia parroquial se alza donde antaño existía una capilla medieval que servía de referencia a peregrinos y pastores. Reconstruida en 1723, guarda en su interior un retablo barroco en talla dorada que atrapa la luz de los altos ventanales, y paneles de azulejo del siglo XVIII donde santos y ángeles parecen flotar sobre fondos azul cobalto. En el lugar de Mosteirinho —topónimo que evoca un monasterio benedictino desaparecido tras la invasión de Almanzor en 997—, la capilla de São Sebastião mantiene el trazado manuelino, discreto pero íntegro, y junto al cementerio un cruceiro granítico de 1537 resiste al viento y la lluvia desde hace cuatro siglos y medio. Dispersos por el territorio, hórreos de piedra y madera, marcos de feria medievales y los puentes de São João do Monte (catalogado en 1982) y de la Carvoeira (1986) cruzan ribeiras con la solidez de quien ya ha visto pasar generaciones.
Llamas, cordero y bollo de maíz
El 24 de junio, cuando llega la noche de São João, se encienden hogueras junto a las aldeas. El humo se eleva cargado de olor a leña de roble, y en el atrio se hornea el bolo de São João —dulce de huevos y canela que se parte aún caliente. Desde 1998, la Festa do Borrego reúne a agricultores locales en el atrio de la iglesia para promover la Carne de Borrego Serra da Estrela DOP: cordero estofado en horno de leña con hierbas aromáticas, servido con patatas asadas y vino tinto de la Región Demarcada del Dão. La chanfana de ternera Arouquesa cuece en cazuela de barro sobre brasas, mientras en la mesa se sirve queso Serra da Estrela DOP, cremoso e intenso, acompañado de dulce de calabaza o miel de brezo. En los meses fríos, el caldo verde humea en las tazas de loza, con col gallega y rodajas de chorizo, junto a rebanadas gruesas de broa de maíz.
Caminos de agua y castaña
Los 6.513 hectáreas de la parroquia se despliegan en ondulaciones suaves entre los 500 y los 902 metros de altitud. Castañares cubren laderas enteras, intercalados con rodales de roble y pinares de pino piñonero. Afloramientos graníticos emergen entre el verde, y vetas de pizarra oscura trazan líneas en el paisaje. El Caminho dos Moinhos —sendero señalizado de seis kilómetros— parte de la capilla de São Sebastião y desciende hasta la ribeira, pasando por los molinos del Carril, del Redondo y del Ribeiro, rehabilitados por el ayuntamiento de Tondela en 2004. El agua forma pozas cristalinas, tan frías que escuecen en la piel incluso en agosto. En otoño, la Rota da Castanha —iniciada en 2015— invita a probar castañas asadas y vino nuevo mientras se camina bajo copas doradas.
La cima del municipio
En el Cabeço do Sobreiro, a 902 metros, se alza el punto más alto del municipio de Tondela. La antena de la antigua estación geodésica militar fue convertida en mirador, y desde allí el valle del Dão se despliega hasta donde alcanza la vista —viñedos, aldeas de pizarra, humo de chimeneas. En enero de 1932, una nevada aisló la aldea durante ocho días, y los vecinos se desplazaron con esquís artesanales hasta Tondela para abastecerse. La llamaron la Gran Nieve, y los mayores aún la recuerdan cuando el invierno aprieta —especialmente cuando el viento sopla del noreste y el termómetro baja a diez grados bajo cero.
Al caer la tarde, el sol rasante incendia el granito de los puentes sobre la ribeira. El agua corre, el viento mece las ramas de los castaños, y la campana vuelve a sonar —esta vez para el Avemaría. El eco tarda en morir entre los montes.