Artículo completo sobre Pendilhe: horno de leña y hoguera en la Sierra de la Gralhei
Cabrito crujiente, retablos dorados y fuegos de San Juan a 803 m
Ocultar artículo Leer artículo completo
El humo sube recto por la chimenea de granito, como si buscara el cielo de junio. En la parte trasera de la casa, el horno de leña lleva tres horas calentando —justo el tiempo que necesita el cabrito, adobado solo con ajo, sal gruesa y un hilo de aceite de la casa. Abajo, el valle del Paiva parece una alfombra verde que necesita plancha, mientras el viento trae el olor de la retama que hace estornudar a quien tiene alergias. Pendilhe está a 803 metros, suspendida —como dice su nombre— en una ladera de la Sierra de la Gralheira, donde las casas se agarran al declive como quien coge el metro a las ocho de la mañana.
Piedra labrada, oro aplicado
La iglesia parroquial está justo en el centro, blanca como casa de rico entre el granito. Dentro, los retablos dorados son de esos que hacen que los turistas pregunten «¿pero esto está aquí de verdad?». Es Monumento Nacional, lo que significa que el Estado pasa de vez en cuando a ver si nadie se ha llevado nada. Las ermitas de San Sebastián y del Espíritu Santo están repartidas por la aldea como estafetas de Correos: pequeñas, útiles y siempre en el sitio justo.
Fuego que se ve desde lejos
A finales de junio, la hoguera de San Juan alcanza los quince metros. Es leña que se junta durante semanas, guardada en montones que parecen cabañas de leñador suizo. Por la noche, cuando regresa la procesión y empieza la concertina, las «cantarinhas» —mujeres que cantan como si fueran al fado— se alternan con los hombres. En invierno, el «jançal» es más íntimo: sardinas asadas y caldo de nabo en cuencos de barro, violas que suenan como si estuvieran desafinadas, pero nadie se queja.
Mesa de altitud
El cabrito entra en el horno a las diez, sale al mediodía con la piel crujiente que suena como violín desafinado. Se sirve con vino blanco —Dão o Douro, porque aquí plantar viña es como querer hacer playa en Viseu— y patata que hace de esponja al jugo. La chanfana es de esas que te hace crecer el bigote solo de olerla, mientras la morcilla de arroz y el salchichón cuelgan de los ahumaderos como ropa tendida. Para terminar, bolinhos de noiva que la abuela hace con los ojos cerrados: la masa se la sabe de memoria.
Ruta suspendida
El sendero de la Misarela sale de la aldea como quien va al bar: se hace el camino y se vuelve. Pasa por la cascada que parece cortina de agua y sube hasta el mirador desde donde se ve entera la Gralheira. En otoño, los castaños cubren el suelo de erizos que duelen si vas en chanclas. La «Geira de Viriato» es una senda antigua que parece inventada por un turista —pero existe de verdad, con carqueja y brezo que perfuman el aire como loción de después del afeitado. El pozo de nieve es una construcción de piedra que servía de frigorífico antes de la electricidad; hoy es solo foto para Instagram.
Al atardecer, el humo vuelve a subir. La campana de la iglesia da las seis como siempre, y la aldea suspendida sigue ahí: no se mueve, pero respira al ritmo de quien sabe que la ladera aguanta más que una promesa de político.