Artículo completo sobre São Vicente de Pereira Jusã: el barro que guarda historia
Ovar retiene esta parroquia donde gallos y vacas marcan el ritmo entre campos y la ría
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El primer sonido de la mañana no es un motor ni un despertador. Es un gallo, detrás de un muro de cemento encalado, y acto seguido el arrastre metálico de una cancela de granja que alguien abre para soltar las vacas. El aire carga una humedad densa, casi masticable, que baja de los campos y se mezcla con el olor a tierra recién labrada. Estamos a ciento veintiseis metros de altitud: poca cosa, pero suficiente para que, en las mañanas más claras, la vista alcance la mancha plateada de la ría de Aveiro recortándose entre pinos y robles. São Vicente de Pereira Jusã despierta así, sin prisa, con los pies en el barro.
El nombre que heredó un ayuntamiento difunto
Hay algo extrañamente poderoso en pronunciar el topónimo entero: São Vicente de Pereira Jusã. Cada palabra es una capa de historia comprimida. El patrón, São Vicente, ancla la identidad religiosa que desde el siglo XVI ordena el territorio. Los Pereira Jusã —linaje poderoso cuyo apellido bautizó un municipio entero— dieron al lugar no solo un nombre, sino una estructura administrativa que duró siglos. Porque esta parroquia no siempre fue un apéndice de Ovar. Fue cabeza de un ayuntamiento autónomo, el de Pereira Jusã, que a mediados del XIX contaba con más de ocho mil habitantes —más que los siete mil trescientos cincuenta y siete que el INE registró en 2021. En 1836 el territorio pasó a depender de Ovar; en 1852 el ayuntamiento desapareció del mapa. Lo que queda de aquella autonomía no es rencor, sino una altivez silenciosa, visible en cómo los lugareños dicen «aquí en la parroquia» con un énfasis que no admite réplica.
Una iglesia que tardó ocho años en nacer
La Igreja Nova de São Vicente se alza en el atrio de la Rua da Igreja con la solidez de quien se construyó para durar —y duró. La primera piedra se colocó en 1756, la última en 1764: ocho años de trabajo pausado que la fachada no disimula. Hay en ella una robustez sobria, sin florituras, como si los albañiles supieran que el ornamento verdadero sería el tiempo. La luz de la tarde entra por las ventanas laterales y dibuja rectángulos dorados sobre el suelo de piedra, calentando el interior fresco donde el silencio tiene una cualidad casi sólida.
Trescientos metros al norte, el cruceiro de granito de 1642 marca el lugar donde existió el antiguo templo: piedra ennegrecida por el líquen, brazos de la cruz desgastados por siglos de lluvia. Quinientos metros al sur, otro cruceiro repite el gesto, como si la parroquia necesitara dos puntos cardinales sagrados para orientarse. Andar entre ambos es recorrer una línea recta de devoción que atraviesa campos, muros y el eco lejano de una campana que ya no suena pero que la memoria local insiste en oír.
Carne con nombre y apellido
En los ochocientos cincuenta y nueve hectáreas de la parroquia, la tierra no es decorado: es materia prima. Los campos de labranza que dominan el paisaje alimentan, entre otras cosas, la cría de la raza Marinhoa, cuyo nombre la Carne Marinhoa DOP oficializa. Es una carne de fibra densa, oscura, que en los asados largos de horno de leña suelta un jugo graso y aromático, casi caramelizado en los bordes. Los guisos tradicionales la cuecen despacio con patata y cebolla, hasta que todo se funde en un salsa espeso que pide pan para limpiar el plato.
De postre, la repostería conventual impone sus leyes con los Ovos Moles de Aveiro IGP: obleas finas rellenas de una pasta de yema y azúcar tan intensamente amarilla que parece contener la luz de todas las tardes de verano. En la pastelería Central, en la Rua Principal, se acompañan con vinos ligeros de la comarca de Ovar, blancos de acidez discreta que cortan la dulzora sin anularla.
Senderos entre quintas y pomares
Aquí no hay grandes cordilleras ni desfiladeros. La naturaleza de São Vicente opera en escala más íntima: caminos de tierra apisonada que serpentean entre casas de labranza, muros bajos cubiertos de musgo húmedo, pomares donde los frutales crecen sin alineamiento aparente, y pequeños bosques de roble y pino donde la luz se filtra en láminas verdes. La densidad poblacional —más de trescientos cuarenta habitantes por kilómetro cuadrado— no se nota en estos vericuetos. Es como si la parroquia guardara para sí un circuito paralelo, alejado de las carreteras asfaltadas, donde el único tráfico es el de tractores y perros vagabundos.
Para quien transita el Camino de la Costa a Santiago, la parroquia aparece como una etapa de transición entre el litoral de Ovar y la vera de la ría: un tramo donde los pies cambian el asfalto por tierra blanda y el horizonte se ensancha sin avisar. No es la etapa que sale en las guías con foto de portada, pero quizá sea la que los peregrinos recuerdan por el respiro que regala: dos alojamientos disponibles, entre apartamento y casa, sin colas ni reservas agotadas.
El peso exacto de la tierra mojada
Lo que queda de São Vicente de Pereira Jusã no es una postal. Es una sensación táctil: el peso de las botas con barro pegado a la suela tras un sendero entre quintas, la humedad que se instala en la ropa y que ninguna prenda técnica elimina del todo, el sabor residual de grasa de Marinhoa en los labios horas después de comer. Y, sobre todo, el olor: esa mezcla exacta de estiércol fresco, resina de pino y humo de chimenea que sube al atardecer y que, una vez respirada, se convierte en la firma olfativa de un lugar que no necesita explicarse para entenderse.