Artículo completo sobre Ceira
Valle de Coimbra con fiestas de Corpus, chanfana y aldeas de pizarra
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El valle se abre despacio, entre laderas de eucalipto y pino albar que bajan hasta la orilla. El río Ceira discurre aquí con un ritmo antiguo, arrastrando cantos rodados y dejando pozas profundas donde la luz del atardecer se rompe en reflejos trémulos. A lo lejos, la campana de una ermita marca la hora —no porque alguien necesite saberla, sino porque siempre lo ha hecho. En las orillas, un grupo de críos se zambulle y grita, mientras un pescador espera, inmóvil, a que la perca muerda.
Entre el valle y la sierra
Ceira se dibuja a lo largo del río que le da nombre, extendiéndose por 1.242 hectáreas donde la altitud media apenas supera los 116 metros. La parroquia se reparte en aldeas dispersas —Sobral, Tapada, Cabouco, São Frutuoso, Carvalho—, cada una con su ermita, su plaza de cemento desgastado, sus muretes de pizarra que sujetan huertos tercos. El topónimo viene del latín Ciria, “cumbre” o “monte”, memoria de cuando este territorio era frontera entre moros y cristianos. Alfonso III de Asturias pasó por aquí en 876, pero fue Almanzor quien recuperó la tierra. No fue hasta el siglo XI, con Fernando el Magno de Castilla, que la ocupación cristiana se hizo definitiva. Hoy, esa historia habita en los nombres de las calles y en los cimientos de las ermitas, pero no grita: susurra.
Corpus Christi y el pulso de la comunidad
Un miércoles al año, la parroquia despierta distinta. Es víspera de Corpus Christi y la Ceirarte convierte el centro en una red de carpas de artesanía, escenarios improvisados y humo de parrillas. Huele a chanfana desde primera hora —cabrito estofado en vino tinto dentro de cazuelas de barro que exhalan vapor cargado de laurel y ajo—. En las mesas largas aparecen fuentes de serrabulho, biforas gruesas, arroz con leche espolvoreado de canela, negalhos crujientes. El Grupo Folclórico de la Casa del Pueblo sube al escenario con faldas amplias y pañuelos al cuello, recuperando el Canto das Almas que se cantaba por las calles en las noches de noviembre. Por la tarde, la Milha de Ceira arrastra a corredores aficionados por la carretera junto al río, mientras en la orilla se celebran pruebas de pesca. El Agrupamiento de Escultas 309 —uno de los más grandes del país— coordina juegos para los más pequeños. Cuando cae la noche, las hogueras de San Juan se encienden en las plazas, y el humo sube recto hasta que las estrellas aparecen.
El río y la reserva
El Ceira permite baños de agua helada incluso en pleno agosto. Las playas fluviales se suceden a lo largo de la orilla, pequeñas arenas de canto rodado donde se extiende la toalla entre sauces y álamos. El agua es tan clara que se ven los peces pasar entre los tobillos. A pocos kilómetros, la sierra de Lousa se alza en crestas cubiertas de roble y castaño, ofreciendo senderos que conectan Ceira con las aldeas de pizarra vecinas. Pero es en la Reserva Natural del Paul de Arzila, al norte, donde el paisaje gana otra densidad: zona húmeda de juncales y tablas donde garzas reales y patos reales construyen nidos invisibles. El silencio allí es denso, salpicado solo por el croar de ranas y el batir súbito de alas cuando un intruso se acerca demasiado.
Carvalho y la línea partida
En la aldea de Carvalho, la más alejada del centro, la geografía se complica: la mitad de las casas pertenecen a Ceira, la mitad a Vila Nova de Poiares. La frontera administrativa parte patios por la mitad, obliga a vecinos a pertenecer a ayuntamientos distintos. En el café O Pátio, los clientes se sientan donde les place, sin saber siempre a qué parroquia pertenece la mesa. En un descampado cercano, un memorial discreto recuerda un accidente de avión militar ocurrido en 1955 —piedra y placa, nada más—, pero suficiente para que los mayores aún cuenten la historia a los nietos.
Cuando la tarde declina y la luz suaviza los contornos de las laderas, el valle del Ceira se llena de un silencio particular —no ausencia de sonido, sino superposición de murmullos: agua sobre piedra, viento en las copas, el crujido de una puerta de madera que alguien dejó abierta. Ese sonido compuesto, imposible de grabar, es el que se queda pegado a la piel de quien camina despacio por las orillas.