Artículo completo sobre Girabolhos
Pasea por la Sierra de la Estrella entre bancales de viña, olivos centenarios y rebaños de cabras
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El viento baja de las crestas de la Sierra de la Estrella y barre los valles de Girabolhos sin pedir permiso. A 412 metros de altitud, el aire siempre trae algo consigo: olor a tierra mojada después de la lluvia, humo de las chimeneas que se mezcla con el aroma de los eucaliptos, el perfume seco de las jarales cuando el verano se alarga.
La parroquia se extiende por 1.773 hectáreas donde la montaña empieza a imponer su ley. Integrada en el Geoparque Estrella, Girabolhos vive entre el granito y el pasto, entre el olivar que se empeña en trepar las laderas y las viñas que sobreviven a los bancales más expuestos. Son 241 vecinos —en la última década ha perdido más de cien— repartidos en casas que se agarran a las laderas o se esconden al fondo de los valles.
Qué se come (y se bebe)
El queso se hace en las casas con leche de oveja bordaleira, cuajada con cardo del huerto. Cada familia guarda su secreto: unas lo curan más tiempo, otras lo guardan en cuevas donde el musgo crece en las paredes. El requesón se comía a cucharadas al día siguiente del ordeño, azucarado o con miel de la sierra.
El cordero pastaba donde ahora solo crecen zarzas. Aún hay quien mantiene cabras —se las ve en los caminos, flacas, pastando donde hay matorral—. El aceite es nuevo, extraído en almazaras modernas, pero hay olivos centenarios en el Valle de Tábua que ya daban aceite cuando mi abuelo era un crío.
El vino es de mesa, hecho en los lagares que aún se conservan en las bodegas. No es del Dão: es de Girabolhos. Se bebe fresco en verano, con el bollo de matraquillos que las mujeres aún hornean en el horno comunitario.
Qué se ve (y se siente)
Caminar por Girabolhos es subir y bajar. La carretera principal trepa hasta la iglesia —se va a caer de vieja, dicen los mayores— y luego baja en zigzag hasta el arroyo. No hay carteles que señalen senderos, pero hay veredas que unen lugares: el camino del Aleixo, la vereda de la Corga, el atajo a los Pardieiros.
Las casas de pizarra están desapareciendo. Unas las cubren de cemento, otras se dejan venir abajo. Aún quedan hórreos —esos circulares con tejado cónico—, pero las tejas de pizarra han sido sustituidas por zinc que cruje con el calor.
A las cinco de la tarde, cuando el sol se pone tras la Sierra, la luz dorada enciende los tejados y proyecta sombras largas en las laderas. Es la hora en que los perros ladran unos a otros, las vacas vuelven de los campos y alguien enciende la chimenea incluso en verano: el humo sube recto, delatando la presencia humana en este paisaje que se va quedando cada vez más silencioso.