Artículo completo sobre Seia: queso, olmo centenario y silencio de Serra
Caminando entre granito, quesos de cardo y el olor a resina de Penhas Douradas
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El granito de las aceras bebe el frío de la madrugada. Setecientos y pocos metros de cuesta que se notan en la espalda cuando bajas a las seis en punto a por el pan. En las calles de Seia, el eco de los pasos se multiplica contra los escaparates aún bajados. El silencio pesa: es el hueco entre las dos campanadas de la Misericordia y el rechinar de las persianas metálicas que se alzan despacio. Después llega el olor: tierra que la noche dejó húmeda, resina que el viento arranca a los pinares de Penhas Douradas.
Aquí viven unos dos mil y pocos. Se puede andar con las manos en los bolsillos del abrigo sin cruzarse con nadie, pero no es soledad: es espacio. Los mayores —y hay muchos— conocen el nombre de las nubes: aquella es “la que trae nieve”, la otra “la que solo finge”. Se sientan en el kiosco de la música y apuestan cuánto falta para el primer copo.
La memoria de la piedra
El territorio guarda capas de tiempo. Debajo del suelo donde hoy se aparcan las furgonetas hay losas de molino, canales de regadío, quizá una moneda de Felipe V que el arado sacó a la luz. La reina Doña Teresa entregó tierras a los hospitalarios; cuentan que fue en la quinta de Bovadela donde los frailes aprendieron a cuajar el queso con cardo. Seis monumentos clasificados salpican la villa, pero el más citado es el del Jardín Botánico: un olmo que ya era viejo cuando el abuelo de José el panadero iba a la escuela con cartilla.
El Parque Natural empieza al final de la calle del Café Central. El Geopark vale por tres clases de ciencias, pero quienes de verdad entienden son los pastores: señalan un bloque de esquisto y dicen «aquello era mar antes que montaña». Altitud que se nota en las rodillas: inviernos que empiezan en octubre y sueltan la mano en mayo, veranos que saben a fresas de la Covilhã y a baños en la Lapa dos Dinheiros.
Sabores que anclan
El queso no se pone en la mesa para impresionar al visitante: es que «si no hay huevo, hay queso». Cuando la amanteigada está en su punto no aguanta una rodaja fina; se parte con cuchillo caliente y se come con corteza, de pie, junto al puesto del mercado. El requesón lleva siempre azúcar moreno por encima; quien pide miel es de fuera. El cordero entra en el horno de leña los domingos a las siete; cuando se abre la puerta, la calle se llena de humo y el perro de Neto ya está sentado esperando el hueso.
Hay habitaciones para quien quiera quedarse: setenta y tantas, nos contaron ayer. Ninguna da al mar, todas miran a la sierra. Aquí no se habla de «experiencias auténticas»; se ofrece un cobertor de lana burel y la promesa de un silencio que dura hasta las ocho.
El peso del silencio
Al atardecer, la luz rasante entra por la calle Doctor Afonso Costa y prende fuego a los ventanales de la almazara. La chica de la carnicería baja la reja de malla, Ángelo enciende el cigarrito que llevaba tras la oreja y el olor a leña ya ha salido por las chimeneas sobre los tejados de pizarra. No hay espectáculo: el chasquido de la puerta del horno de José, el pan de centeno que quema los dedos, el frío que se mete en los tobillos. Quedarse más de una noche es descubrir que lo esencial no necesita palabras: basta sentir el peso de la piedra bajo los pies descalzos cuando vas a por agua al pozo y te dejas las chanclas dentro de casa.