Artículo completo sobre União das freguesias de Sameice e Santa Eulália
Sameice y Santa Eulalia, en Seia, Guarda: quesos que se escurren, cordero lechal y casas con escudos de armas en piedra.
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El silencio de aquí da ganas de encerrarlo en una urna. No es ese silencio de estudio de grabación; es un silencio que tiene peso: cuando para el viento se oye hasta el pensamiento. Sameice y Santa Eulalia son dos aldeas que en 2013 decidieron casarse — nadie recuerda muy bien el porqué— y suman 508 vecinos, 193 con más de sesenta y cinco inviernos a la espalda. Dan para una junta parroquial, un bar que abre cuando a Pepe le apetece y un paisaje que empieza a ser Serra da Estrela pero aún no lo tiene claro.
Piedra con memoria y escudos
La Casa do Morgado de Santa Eulalia es de esas casas que hacen a los estadounidenses disparar cien fotos y a los portugueses encogerse: «Ah, ¿eso? Es la casa del tío-abuelo». Atesora más escudos que títulos el Real Madrid: armas grabadas en el granito que cuentan de linajes que aquí dejaron tierras, dejaron deudas y, sobre todo, dejaron piedra. El Solar dos Condes Arnosos, al lado, se mantiene erguido como un abuelo cascarrabias: fachada severa, ventanas altas y una puerta que cruje como diciendo «no es por aquí».
La Fonte do Amieiro funciona como el Facebook de la aldea. Allí van las viejas por agua, los hombres a hablar de fútbol y los jóvenes… los jóvenes no van, están en Francia. Es manuelina, dicen los entendidos. Para el resto, es donde se llena la botella de plástico antes de subir la sierra.
Queso, aceite y cordero
Aquí cuatro cosas no fallan: el queso, que cuando está en su punto se escurre por la corteza como promesa incumplida; el cordero lechal, que se come con manos y se chupan los dedos después; el aceite, verde como billete falso; y el vino del Dão, que no es tinto, es «tinto del Dão» —como si tuviera apellido.
El requesón se toma con pan de centeno que parte los dientes, pero los buenos. El cabrito es para días de fiesta; el cordero, para los días laborables que se disimulan de celebración. Y siempre hay un tío que asegura que el suyo es mejor porque come hierba de la sierra: el mismo que juraba tener un primo en América.
Sendas en el Geoparque Estrela
El Geoparque es la excusa para que los alemanes lleguen con botas y palo selfie, pero los caminos valen la pena: carecen de miradores con barandilla, pero tienen muros de piedra que aguantan más que muchos matrimonios. Hay bloques erráticos que parecen colocados para despistar a los geólogos y un río Seia que discurre más recto que político en campaña.
Para dormir hay tres casas. Una es de doña Amélia, que alquila la habitación de los hijos: «Están en París, pero vuelven en Navidad». Otra es del francés que compró la casa del abuelo y llenó de cachivaches de loza. La tercera nadie sabe de quién es, pero el chico de las llaves juraba que hay gente «de vez en cuando».
La sede parroquial está en la Rua dos Paços: fue cuartel, luego escuela y ahora es donde se reclama que el autobús no para. Son 508 personas, pero parecen más cuando toca decidir dónde coloca el contenedor de basura.
Al caer la tarde, cuando el sol da de lleno en la piedra y el granito se vuelve color de miel, se entiende por qué nadie se marcha del todo. O mejor: se marcha, pero regresa. Porque aquí el silencio no se vende, el queso no se fabrica en cadena y el agua de la fuente sigue corriendo —la misma agua, la misma piedra, la misma historia. Solo cambia quien va a buscarla.