Artículo completo sobre Albergaria dos Doze
Un pueblo de 2.357 almas (o veinte) donde la piedra huele a mar y la pera Rocha endulza la altiplani
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La luz de la tarde se cuela de través por las ventanas de las casas bajas, como quien se asoma sin ser visto. Albergaria dos Doze está ahí arriba, en un altiplano que parece trazado por un dios distraído: 250 metros de altitud donde el viento baja directo de la Serra do Açor y no encuentra nada que lo frene hasta el Atlántico. Dicen que viven 2.357 almas, pero yo creo que se equivocaron: hay días que no parecen ni veinte.
Doce casas, un nombre
La historia de las doce familias es como ese tío que repite el mismo chiste desde 1973: puede que no sea verdad, pero ya forma parte del inventario. Lo que sí sé es que “Albergaria” venía de albergue, un sitio donde se paraba a descansar la espalda y el burro en la travesía de Coimbra a Lisboa, antes de que la A1 inventara el tiempo. Hoy el único albergue es la Taberna do Fontinha, pero eso también cuenta.
El territorio es grande —más de 2.000 hectáreas—, pero casi todo es olivar. Olivar que no deja ver el final, como si el mundo se hubiera quedado en aceituna y nada más. Después están las peras Rocha, esos días que la naturaleza regala para recordarnos que no todo es aceite. La patata de Trás-os-Montes también acaba aquí, a pesar del nombre: es como el chaval del pueblo de al lado que viene a jugar con nosotros; no es de aquí, pero nadie recuerda cuándo llegó.
Piedra, tiempo y agua
La Pedreira do Avelino es lo que queda cuando ya no hay nada más que extraer. Un agujero enorme, tipo cráter lunar, pero con fósiles de conchas dentro de la piedra: prueba de que esto fue mar antes que tierra. La roca sirvió para levantar las casas de la zona; mi abuela decía que “servía para todo, menos para hacer sopa”. Ahora es un lago improvisado donde los críos —los pocos que quedan— jurar que vive un monstruo. Yo solo veo sapos y la vergüenza de quien destrozó el paisaje.
El Camino de Santiago pasa por aquí —dos rutas distintas, de hecho—. Los peregrinos aparecen con la mochila a cuestas y esa cara de haber caminado veinte kilómetros y querer solo una cerveza. A veces paran en la fuente, se hacen una foto para Instagram y se van. Nosotros nos quedamos con la imagen: otro que pasó y no volverá.
Fiesta y memoria
La Festa do Bodo es en Pombal, pero vamos todos. Es como la boda del primo: no es nuestra, pero ahí estamos. Sardinas asadas, vino tinto que te tiñe los dientes y esa música que los mayores llaman “la de verdad”, pero que nadie escucha desde 1983. Es el día en que los nietos emigrados regresan con críos que solo hablan francés, y la abuela dice “cómo han crecido”, como si hubieran crecido solo para mortificarla.
El alojamiento oficial es una casa —literalmente—. Una señora alquila dos habitaciones y deja el desayuno en la puerta. ¿Quiere turismo? Váyase a Óbidos. Aquí hay silencio, estrellas que se ven sin prismáticos y olor a estiércol cuando el noroeste trae la manada del vecino. Eso es todo. No hay souvenir, no hay tuk-tuk, no hay menú en inglés. Hay el bar de Júlio, que abre a las siete y cierra cuando Júlio se cansa; en verano puede ser a las tres de la tarde o a las diez de la noche, depende.
Si quiere verlo sin filtros, venga en época de vendimia. O el día en que la feria de ganado coincide con el cumpleaños de doña Alda, la nonagenaria que aún sube al monte en bici. Traiga zapatos que no le importe ensuciar, paciencia para el silencio y un estómago que resista aceite por encima de todo. Lo demás ya lo tenemos —o no, pero lo simulamos, que ya nos hemos acostumbrado.