Artículo completo sobre Pelariga: la campana que despierta fósiles
Entre pizarra y cabrito, un pueblo de 2012 almas que guarda erizos jurásicos
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El badajo que marca el tiempo
La campana de la iglesia parroquial da las horas como quien llega tarde al bar: nadie le hace demasiado caso, pero, si un día se calla, todo el mundo echa de menos su latido. En el atrio, el granito aún conserva en las rodillas el calor del mediodía; alrededor, el campo ondula hasta el Mondego como sábana mal tendida. Pelariga respira despacio —82 metros de altitud, 2012 vecinos— y alberga un microclima que hace discutir al cerezo y al olivo por el mismo rayo de sol.
Territorio joven, memoria remota
La parroquia nació en 1928, escindida de Santiago de Litém como quien parte una tapa de calamares. Su nombre aún no ha encontrado paz: algunos lo hacen venir de «pêcher», pescar, recordando cuando el río era mar de escamas; otros apuestan por «pierre rêche», la línea de pizarra que aflora en los soutos. La iglesia matriz, mandada levantar apenas firmada la partida de bautismo administrativa, es de esas que «cumplen y ya»: sin frescos, sin florituras, sólo lo imprescindible para misa y bautizar al hijo de José. Más arriba, en Aldeia Nova, la ermita de San Sebastián sigue marcando el pulso cada 20 de enero: puerta pequeña, altar más pequeño y un silencio que sólo se atreve a romper el viento entre los robles.
Fósiles jurásicos al aire
Si toma la carretera de la Pedreira do Avelino, lleve una cerveza en el bolsillo: el camino son cinco kilómetros, pero el calor engaña. Arriba, la pizarra exhibe erizos de mar petrificados como si hubieran perdido el autobús hace 150 millones de años. Es de los pocos lugares del país donde los fósiles siguen en su cama —ni el tiempo ni el labriego los ha despertado. Desde el mirador, el Mondejo parece una cinta plateada que alguien olvidó enrollar.
Chanfana, embutidos y bolitos de leche
En la cocina manda el horno de leña: cabrito hasta que la piel canta, chanfana que se cocina en barro desde que canta el gallo y un arroz de sarrabulho tan negro que devuelve la imagen. Los embutidos de Marta —recuerde encargarlos— aparecen en el cocido cualquier lunes, y no hace falta salsa: la propia grasa hace el trabajo. De postre, los bolitos de leche de doña Alda se deshacen antes de tocar la muela; acompáñelos con un aguardiente de madroño que Rui destila en el lagar de su padre. Queso Rabaçal, aceite del Ribatejo y pera Rocha no faltan a la mesa: aquí la DOP es vecino, no visitante.
Fiesta, fuego y compás
El 8 de diciembre la patrona baja del altar y sale a la calle: misa, procesión, verbena y la taberna improvisada en el atrio donde se sirven cañas a 1,20 €. El domingo de Pascua el «Compasso» llama a las puertas como cartero de bendiciones —lleve una servilleta, porque el cura no perdona el vino—. Cada dos años el Bodo reúne Pelariga, Santiago y Meirinhas: hoguera en la plaza, subasta de dulces y un músico que sólo sabe tocar «São os Verdes Louções». Con 76 habitantes por km², cada fiesta es reunión de familia: hasta el perro del otro lado de la ribeira aparece.
Al caer la tarde, la Ribeira de Pelariga se lleva los pétalos de los cerezos como quien guarda el ticket. El olor a leña quemada escapa de una chimenea que ya no se ve, y el mirlo ensaya el tema del día siguiente. No hay prisa: bajo los pies, los erizos de mar siguen durmiendo su siesta de 150 millones de años —y, mientras la campana no toque, la historia no termina.