Artículo completo sobre Mujães: el aldehuela que huele a chourizo y silencio
Entre vides y muros de granito, el Camino de Santiago cruza esta parroquia de Viana do Castelo
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El aroma del chourizo colgado en los ahumados te precede antes que la vista: así se anuncia Mujães a quien transita la carretera que une Viana con el valle del Neiva. En las colinas graníticas, a ochenta y tres metros de altitud, los muros de piedra segmentan el paisaje en parcelas irregulares, pequeños bancales donde la viña y el olivar resisten al paso del tiempo. El silencio aquí tiene textura: se oye el viento entre las hojas de los robles albar, el murmullo lejano del arroyo que baja hacia el Lima, el eco metálico de una verja al cerrarse en una aldea. Mujães se descubre despacio, sin prisa por impresionar — y ahí reside su fuerza.
Historia grabada en el granito
Mujães nació en el siglo XIII como tierra de paso, punto de encuentro entre la costa y el interior. Su nombre procede de «mujão», término local para designar pequeñas elevaciones; basta mirar alrededor para entenderlo. Sin fuero propio, siempre dependiente de Viana, la parroquia se mantuvo rural y discreta, sustentada por la agricultura secano y los intercambios que animaban los caminos entre el Lima y el Neiva. Hoy esa condición de paso ha cobrado nuevo sentido: el Camino de la Costa de Santiago atraviesa Mujães trayendo peregrinos que avanzan entre muros de piedra en seco hasta Lanheses, los pies marcando el ritmo de las rutas medievales.
En la plaza del Montinho, recién remodelada tras más de veinte años de espera, una placa recuerda a Jorge Faria Torres, emigrante en Francia y Brasil que financió la electrificación de la parroquia en la primera mitad del siglo XX. La iglesia matriz de Nuestra Señora del Rosario, del siglo XVIII, se alza con retablo barroco e imágenes de Santo Domingo que sobrevivieron a las crisis demográficas y los éxodos transatlánticos. Más discreta, la capilla de Nuestra Señora de las Nieves, en el lugar del Paço, celebra su romería en agosto con tracas y verbena — la fiesta que reúne a quien se quedó y a quien regresó.
Rosas, vino y papas de sarrabulho
La Festa das Rosas, el primer domingo de octubre, transforma Mujães. La procesión sale de la iglesia matriz, los trajes minhotos de bordado rocho contrastan con el verde de las viñas, la música tradicional resuena en las colinas. La feria de productos locales inunda la plaza: broa de maíz oscura cocida en horno comunitario, cavacas cubiertas con azúcar impalpable, suspiros secos a la leña. En las mesas de las casas, rojoes marinados en vino blanco, laurel y ajo, papas de sarrabulho servidas el día de Todos los Santos, bacalao a la braga con patatas en rodajas.
El vino verde de la subregión Lima — variedades Loureiro y Arinto — se elabora en pequeñas adegas familiares que abren sus puertas con cita previa en la junta parroquial. El aceite de olivas centenarias aún se prensa para consumo local, y la miel de brezo y flores silvestres de la sierra de Arga llega desde las ferias vecinas, dorada y densa como la luz del atardecer sobre los bancales.
Senderos entre piedra y agua
El arroyo de Mujães serpentea entre antiguos molinos de agua, algunos recuperados para uso agrícola, otros cubiertos de musgo y silencio. El trazado del Camino de la Costa parte de la iglesia matriz y discurre por caminos bordeados de muro granítico, ofreciendo vistas sobre el valle del Lima y el recorte azul del Atlántico al fondo. Al amanecer, el entorno se llena del canto de los mirlos y el vuelo rasante de los ratoneros. En los bancales abandonados crecen estevas, brezos, retamas y rosas silvestres — flora mediterránea que perfuma el aire en los días cálidos.
A diez kilómetros, el estuario del Lima en Cabedelo invita al kitesurf y al paddle surf. Pero quien camina por Mujães siente que aquí el ritmo es otro: el de quien observa cigüeñas posadas en los campanarios, el de quien compra broa en la ultramarinos Miranda y sube hasta el mirador improvisado en la sierra de Santa Luzia, donde el litoral se extiende desde Esposende hasta Caminha.
Al atardecer, cuando el sol rasante tiñe de naranja el granito de los cruces setecentistas, el humo de las chimeneas empieza a elevarse de las aldeas. El olor a leña se mezcla con el de la tierra húmeda, y se comprende que Mujães es de esos lugares que se guardan en la memoria no por lo que se ve, sino por lo que se respira.