Artículo completo sobre Subportela, Deocriste y Portela Susã: valle del Lima
La unión de Subportela, Deocriste y Portela Susã guarda playa fluvial, citania del Hierro, iglesias de cal y fiestas que huelen a cera y pólvora.
Ocultar artículo Leer artículo completo
El Lima discurre ancho aquí, devolviendo el verde de los montes que se apilan en la orilla sur. En Las Mós, la playa fluvial se extiende en arena fina donde el agua del río va tomando temperatura desde primera hora, y el silencio solo se rompe con la zambullida esporádica de algún pájaro o el murmullo constante de la corriente. Hay una luz distinta en esta curva del valle —más suave, tamizada por la humedad que sube del cauce— que lo difumina todo, como si el paisaje respirara despacio.
La Unión de las parroquias de Subportela, Deocriste y Portela Susã nació administrativamente en 2013, pero la ocupación humana del territorio se remonta a la Edad del Hierro. En el Monte Roques, en Subportela, las ruinas de la citania atestiguan esa presencia remota: muros de piedra suelta que aún dibujan viviendas circulares, fragmentos de cerámica entre la maleza, la certeza física de que otros pies pisaron este suelo hace milenios. El topónimo Subportela viene del latín sub portella —debajo de la puerta— y esa idea de paso pervive: durante siglos, barcos de remos y velas transportaron mercancías y personas río arriba, enlazando estas orillas con Viana do Castelo.
Piedra, cal y campana
Cada una de las tres localidades conserva su iglesia parroquial: San Pedro en Subportela, San Mamés en Deocriste, el Divino Salvador en Portela Susã. Son construcciones de cal blanca y piedra viva, interiores frescos donde la luz se filtra por vidrieras pequeñas y la humedad impregna los muros gruesos. La Capilla de la Señora del Crasto se alza en uno de los montes, visible desde lejos, hito de romería y referente en el paisaje. En días de fiesta —São João Novo el 24 de junio, el Señor de los Milagres el domingo siguiente a Pascua, San Antonio el 13 de agosto— las procesiones suben y bajan los senderos entre casas de granito, y el olor a cera de vela se mezcla con el de los cohetes que resuenan en el valle.
Sabor de cerdo y río
La gastronomía aquí no es de restauración turística, sino de cocinas domésticas donde aún se elaboran embutidos en invierno y se guarda el sarrabulho para las ocasiones señaladas. En Portela Susã, los embutidos de cerdo gozan de fama local: chorizos de carne oscura adobada con pimentón y ajo, salchichas que cuelgan en los ahumadores hasta ponerse firmes y brillantes por la grasa curada. La lamprea, capturada en el Lima cuando remonta a finales de invierno, se cocina en arroz caldoso o estofada en su propia sangre. Los rojões se acompañan de castañas asadas y vino verde producido en las viñas en bancales que aún resisten en las laderas. En los antiguos lagares de aceite de Portela Susã —algunos aún de piedra, abandonados pero intactos— se palpa el peso de la memoria oleosa, el olor fantasma de la aceituna aplastada.
Caminos entre el monte y el río
Quien recorre los senderos rurales que enlazan las tres aldeas atraviesa un paisaje de transición: pinares densos donde el suelo es blando de agujas caídas, castañares cuyos troncos gruesos sostienen copas anchas, tierras de labranza en bancales estrechos donde aún se cultivan col y patata. El Monte de San Juan ofrece vistas amplias sobre el valle del Lima, y en los días claros la sierra de Arga recorta al este, azulada por la distancia. La ribera de Subportela corre entre piedras cubiertas de musgo, formando pequeñas cascadas donde el sonido se multiplica y la temperatura baja varios grados.
El Camino de la Costa, una de las variantes portuguesas del Camino de Santiago, pasa por aquí, trayendo peregrinos que caminan con mochilas a la espalda y la mirada fija en el siguiente hito de granito. Se cruzan con vecinos que van andando a las huertas o vuelven de misa, intercambian un buenos días, siguen.
Al caer la tarde, cuando el sol baja y la luz dorada golpea la orilla opuesta del Lima, la playa fluvial de Las Mós se vacía. Queda la huella de las toallas en la arena, el reflejo del monte en el agua quieta junto a la orilla, y el sonido ininterrumpido del río —siempre el mismo, siempre distinto— que sigue corriendo como cuando las barcas de vela aún remontaban hasta Subportela cargadas de sal y bacalao.