Artículo completo sobre Repeses y São Salvador: vino, granito y alma del Dão
Entre vides y hornos de leña, el plateau de Viseu sabe a mosto y cordero lento
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El aire sabe a tierra chamuscada por el sol de agosto y a hierba mojada por la escarcha de diciembre. A 474 metros de altitud, la mañana trae ese frío que pellizca las orejas y hace salir vapor de la boca —el mismo que se ve ascender por las chimeneas de las casas bajas cuando canta el primer gallo. Estamos a diez minutos del centro de Viseu, pero el reloj marca otra hora. Las vides del Dão dibujan cordilleras verdes en el terreno y, entre ellas, el granito de las casas viejas —ese gris que tiñe de rosa al caer la tarde— parece haber brotado de la propia tierra.
6.751 almas repartidas en poco más de diez kilómetros cuadrados. Las cifras no lo cuentan todo: hay quien nació aquí y nunca se fue, y quien llegó huyendo de la ciudad. En las calles nuevas el asfalto aún huele a brea, pero se dobla enseguida hacia caminos de tierra donde se levanta polvo blanco en verano y se convierten en barro pegajoso en invierno.
El peso del Dão en la copa y en el calendario
La vendimia no es una fiesta: es una obligación. Cuando llega septiembre, las calles se llenan de tractores con pipas de madera que crujen al pasar. En las adegas familiares —algunas no más que una cueva excavada en la roca— el mosto burbujea durante días y su olor dulzón se mezcla con el fermento del pan que aún amasan las mujeres en hornos de leña. La Touriga Nacional da uvas pequeñas, casi negras, que estallan entre los dientes y tiñen la lengua. El abuelo decía que era el granito pobre el que obligaba a sufrir a las cepas —y del sufrimiento nacía el vino.
Una despensa con nombre propio
El queso no viene envuelto: viene en paño de algodón, aún templado, directo de la quesería del pueblo vecino. El requeijón se sirve en cazuelas de barro, con una cuchara de palo que siempre queda atascada al plato. El cordero se asa en el horno durante siete horas —desde las seis de la mañana— con patatinas que absorben el sabor de la manteca burbujeante. No es gourmet: es la comida que se hacía cuando no había tiempo para inventar.
Peregrinos de paso, vecinos de diario
El Camino de Torres pasa por aquí desde que tengo uso de razón. Los peregrinos paran en el café de la tía Albertina para tomar un cortado y comer un pastel de nata recién hecho. Algunos preguntan por la pensión —pero no hay pensión. Hay una habitación en casa de doña Rosa que alquila por veinte euros, con baño compartido y toallas bordadas de flores. En los cuadernos de visitas dejan dibujos hechos con boli: gallinas, corazones, la cruz de Santiago.
El equilibrio frágil entre generaciones
En la plaza, los mayores juegan a la sueca bajo la sombra del plátano. Los niños de la escuela juegan a la pilla entre las mesas del bar, vigilados. Hay 1.108 niños y 1.197 ancianos: la diferencia son 89 personas que se van perdiendo como gotas de vino derramado. El colegio tiene dos clases por curso —antes eran cinco—. Pero aún se oye a los críos cantar el Himno a la Alegría a las tres de la tarde, cuando los padres vienen a buscarlos en coches con puerta lateral corredera.
El sonido que se queda
A las siete de la tarde, cuando el sol se pone tras el monte y las sombras se alargan sobre los muros de granito, hay un instante en que todo se detiene. Es cuando las martas se guarecen y las primeras estrellas parpadean. En ese momento —que dura lo que tarda un cigarrillo en consumirse— solo se oye el zumbido lejano de la A-25 y, más cerca, el chirriar de la puerta de la adega del Zé cuando va por otra botella. Ese silencio nos lo llevamos después: no es ausencia de sonido, es la promesa de que aquí todo sigue igual, incluso cuando ya no estamos.